Teresa sonrió con veneno.
—Perfecto. El famoso millonario. Dígame, ¿qué quiere con mi sobrina?
La pregunta quedó flotando como una acusación.
Alejandro miró a Lucía, que tenía el rostro rojo de llorar.
—Quiero que esté segura. Y quiero que se respeten sus derechos.
—Qué bonito discurso —dijo Teresa—. ¿También le va a comprar una familia?
Doña Carmen respiró hondo.
—Teresa, basta.
—No, basta tú —respondió ella, perdiendo la máscara—. Siempre te hiciste la santa. Criaste a Lucía para que te adorara, pero ¿qué le vas a dejar? ¿Medicinas? ¿Deudas? ¿Un sillón viejo?
La niña abrazó el certificado de graduación contra su pecho.
—Ese sillón es de mi abuela.
—Y pronto no vas a tener ni eso.
Entonces Alejandro habló.
—Licenciada Robles, antes de tomar cualquier decisión, le pido revisar esto.
Sacó una carpeta.
No era dinero.
Eran documentos: reportes médicos actualizados, comprobantes de apoyo para renta, una propuesta de vivienda accesible sin escaleras, carta de la directora de la primaria, testimonios de maestras, y una solicitud formal para evaluar una tutela de respaldo con consentimiento de doña Carmen.
Teresa se quedó pálida.
—¿Tutela? ¿Usted cree que puede quedarse con ella?
—No —respondió Alejandro—. Creo que la niña no debe ser arrancada de la única persona que la ha amado solo porque esa persona es pobre y está enferma.
La licenciada Robles revisó los papeles en silencio.
—Esto no elimina la investigación —dijo—, pero cambia el panorama.
Teresa explotó.
—¡Claro que lo cambia! ¡Porque él tiene dinero! ¡A mí nadie me hizo carpetas ni cartas!
—A ti se te pidió venir hace 2 años cuando Lucía estuvo hospitalizada por neumonía —dijo doña Carmen, con voz débil pero firme—. Dijiste que no podías porque ibas a Acapulco.
Teresa apretó la boca.
—También te llamé cuando no tenía para los útiles. Dijiste que la niña no era tu responsabilidad. Te llamé cuando murió su mamá. Llegaste tarde al entierro y preguntaste si había seguro de vida.
Lucía miró a su tía como si acabara de entenderlo todo.
—¿Es verdad?
Teresa no respondió.
La licenciada Robles cerró la carpeta.
—Haré una visita de seguimiento. Pero la menor no será retirada hoy.
Lucía soltó un llanto tan profundo que Alejandro sintió que se le partía el pecho.
Teresa salió furiosa, pero antes de irse señaló a Alejandro.
—Esto no ha terminado. La gente va a saber que un rico se llevó a una niña pobre.
Alejandro la miró sin levantar la voz.
—Y la gente también sabrá quién intentó vender el miedo de una niña por un apoyo mensual.
La puerta se cerró.
Durante las semanas siguientes, todo se volvió más difícil. El DIF siguió evaluando. Doña Carmen tuvo que firmar papeles, aceptar visitas, responder preguntas dolorosas. Alejandro fue entrevistado por psicólogos y abogados. Le preguntaron si veía a Lucía como reemplazo de su hija muerta.
Él contestó la verdad.
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