Renata soltó una risa entre lágrimas.
—Papá, nos mandabas tortas de frijoles con mermelada porque una vez te equivocaste de táper.
—Y me peinabas como señora de 80 años —agregó Sofía.
Abril sonrió.
—Y aun así, cada vez que volteábamos, estabas ahí.
Mateo cerró los ojos.
Ahí estaba la respuesta a la pregunta que lo había perseguido durante 22 años.
No había sido suficiente por hacerlo perfecto.
Había sido suficiente porque se quedó.
La ceremonia terminó entre abrazos, fotos borrosas y desconocidos que se acercaban a darle la mano. Una señora le dijo que su historia le había recordado a su padre. Un profesor le agradeció por criar a 3 mujeres tan fuertes. Doña Elvira, ya muy anciana, apareció apoyada en un bastón porque las muchachas la habían llevado en secreto.
—Se lo dije, Mateo —murmuró ella, limpiándose los ojos—. Dios sí te agarró confesado.
Él la abrazó como a una madre.
Al salir del auditorio, bajo el sol de Puebla, Mateo vio a las 3 caminar delante de él con sus diplomas en la mano. Ya no eran las bebés de los portabebés. Eran mujeres. Profesionistas. Hijas de Lucía, sí. Pero también hijas de un hombre que aprendió a ser padre sin manual, sin dinero y sin permiso.
3 semanas después, Mateo volvió al cuartito sobre la ferretería, aunque ahora ya no vivía ahí. Conservaba ese lugar como bodega, como recuerdo, como altar de una vida difícil.
Llevó 2 marcos.
En el primero puso el recibo original de gasolina, amarillento, con la letra inclinada de Rodrigo.
“Perdón, Mateo. No puedo con esto.”
En el segundo puso la resolución del juzgado, con los 3 nombres completos y el apellido Hernández al final.
Los colgó uno junto al otro.
A la izquierda, el abandono.
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