—No, Mauricio. Yo dejé de quitar las trampas que tú ponías.
Él abrió la boca, pero no encontró nada.
Durante años, Elena había cargado con su agenda, sus excusas, sus cenas olvidadas, sus desplantes con Diego, sus préstamos disfrazados de oportunidades, sus errores convertidos en culpa ajena. Había sido esposa, secretaria emocional, muro de contención y escudo social.
Pero ya no.
La jueza pidió confirmar voluntades.
Adriana se inclinó hacia Elena.
—Todavía puedes ajustar algunas cosas.
Elena miró a Mauricio.
Él ya no parecía un magnate. Parecía un niño furioso al que le habían quitado un juguete peligroso.
—Ratifico —dijo Elena.
Mauricio apretó los dientes.
La jueza miró hacia él.
—¿Señor Santillán?
Becerra le susurró algo. Mauricio cerró los ojos un segundo. Si rechazaba el convenio, se abría una investigación patrimonial más profunda. Si aceptaba, se quedaba con aquello que tanto había exigido.
Su orgullo lo empujó al abismo.
—Ratifico —dijo.
La pluma cayó sobre el papel.
Ese sonido fue pequeño.
Pero para Elena sonó como una cadena rompiéndose.
Cuando salieron del juzgado, Mauricio la alcanzó junto a las escaleras.
—No vas a poder mantener el estilo de vida de Diego sin mí.
Elena se detuvo.
—Diego no necesita tu estilo de vida. Necesita dormir sin escuchar cómo desprecias su existencia.
Mauricio hizo una mueca.
—Yo nunca dije eso.
—Dijiste que querías todo menos a él.
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