A veces está juntando llaves.
A veces está dejando que el arrogante cierre la puerta desde adentro.
El celular de Adriana sonó. Contestó, escuchó apenas unos segundos y miró a Elena.
—Es el juzgado. La audiencia final se adelanta para mañana por la mañana. Quieren ratificar el convenio completo.
Elena asintió.
—Perfecto.
Adriana tragó saliva.
—Mauricio va a intentar echarse para atrás.
Elena miró por la ventana.
Abajo, Mauricio levantó la vista hacia el edificio, como si por primera vez entendiera que ella seguía ahí.
Y entonces sonó el teléfono de Elena.
Número desconocido.
Contestó.
La voz de Mauricio llegó baja, furiosa, rota de pánico.
—¿Qué hiciste?
Elena no respondió de inmediato.
Porque esa pregunta, después de 12 años, merecía una respuesta frente a un juez.
PARTE 3
Al día siguiente, Mauricio llegó al juzgado familiar de la Ciudad de México con el rostro de un hombre que no había dormido.
Ya no traía la sonrisa pulida del despacho.
Traía ojeras, la mandíbula apretada y el cabello perfectamente peinado de alguien que se está desmoronando por dentro, pero todavía cree que la apariencia puede salvarlo.
Elena llegó con Adriana 10 minutos antes de la audiencia.
Vestía un traje color marfil, sencillo, sin joyas llamativas. No quería verse victoriosa. No estaba ahí para celebrar la caída de nadie. Estaba ahí para cerrar una puerta que había crujido demasiado tiempo sobre la vida de su hijo.
Mauricio la interceptó en el pasillo.
—Necesitamos hablar.
Elena siguió caminando.
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