Pasaron tres años.
El divorcio terminó. Recuperé parte del dinero y abrí un pequeño estudio de diseño en la Narvarte. En la pared, detrás de mi escritorio, puse un letrero sencillo:
ENTENDÍ TODO.
Sofía terminó una carrera en línea mientras criaba a Luna. Daniel obtuvo visitas supervisadas al principio. Ingrid intentó intervenir varias veces, pero las grabaciones hicieron difícil que alguien la viera como una abuela preocupada y no como la mujer que hablaba de una bebé como si fuera herencia.
El tercer cumpleaños de Luna fue en un parque público.
Había globos morados, sándwiches hechos en casa y un pastel que se inclinaba peligrosamente hacia la derecha. Luna corrió hacia mí con las manos llenas de betún.
—¡Tía Renata!
La palabra me atravesó.
Tía.
No mamá.
No la esposa rota que debía agradecer cualquier bebé.
No la mujer elegida en un contrato secreto.
Tía Renata.
Algo real.
Algo que nadie había planeado a mis espaldas.
La cargué y me llenó la blusa de pastel.
Sofía se disculpó.
Yo me reí.
Más tarde, cuando casi todos se habían ido y Luna dormía sobre una cobija, Sofía se sentó a mi lado.
—A veces siento que te quité algo.
Negué con la cabeza.
—No me quitaste nada.
—Pero Luna…
—Luna nunca fue mía.
Sofía bajó la mirada.
—Daniel quería que lo fuera.
—Daniel quería controlarnos a las tres.
Nos quedamos calladas viendo a la niña dormir.
—Todavía duele —admití—. Todavía hay días en que quisiera haber sido mamá. Pero ya no creo que mi vida valga menos porque nadie me diga así.
Sofía tomó mi mano.
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