Solté una risa breve, sin alegría.
—¿Una solución? Querías ponerme en brazos a la hija de tu amante y verme darte las gracias.
—Yo sabía cuánto deseabas ser mamá.
—No. Sabías cuánto me dolía no serlo. Y usaste eso.
La frase cayó sobre la mesa como un vaso roto.
Nadie rió.
Daniel dio un paso hacia mí.
—Renata, podemos hablar en privado.
—Ya hablaste mucho en privado. En alemán. En restaurantes. En la casa de tus padres. Con abogados. Con tu mamá diciéndote que me manipularas antes de que Sofía cambiara de opinión.
Levanté mi celular.
—¿Quieres escucharte?
Daniel se detuvo.
Arturo endureció la mandíbula.
—Grabar conversaciones familiares es una bajeza.
Mariana lo miró con calma.
—Presionar a una mujer embarazada para que entregue a su hija también.
Ingrid golpeó la mesa.
—¡Esa bebé tendría una vida mejor con Renata!
La voz me ardió al salir.
—Yo habría amado a esa niña. Eso es lo más cruel de todo. Ustedes sabían que yo la habría amado con todo lo que tengo. Pero nunca iba a aceptar convertirme en madre gracias a una mentira y al dolor de otra mujer.
Sofía se cubrió la boca.
Yo respiré hondo.
—Quise ser mamá durante años. Me culpé. Me hice estudios. Me dejé inyectar hormonas. Escuché a médicos decirme que esperara otro ciclo. Lloré en silencio para que Daniel no se sintiera mal. Y mientras yo hacía todo eso, él estaba planeando traer a su hija a mi casa como si fuera un regalo mal envuelto.
Daniel bajó la mirada.
—No fue así.
—Sí fue así. Lo dijiste con tus propias palabras.
Mariana abrió otra carpeta.
—Además, hay un detalle que su familia no sabe todavía, señora Renata.
Yo sí lo sabía. Lo había descubierto dos días antes.
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