Rodrigo miró a Mariana como si por primera vez entendiera que ella no había ido a pedir permiso.
—Mi madre jamás haría eso —dijo él, pero su voz ya no sonaba furiosa. Sonaba asustada.
Mariana metió la mano en su bolso y sacó una fotocopia ampliada de los movimientos bancarios. La deslizó hacia el tío Ernesto.
—Antes de acusarme de ladrona, revise bien eso.
Ernesto tomó la hoja con gesto arrogante. Pero al leer el nombre de Constructora Horizonte, sus dedos empezaron a temblar.
—Esto… esto no prueba nada.
—Prueba depósitos de su empresa a la cuenta personal de una mujer enferma —dijo Mariana—. Prueba fechas que coinciden con contratos otorgados por Rodrigo desde Grupo Altura. Prueba sobornos escondidos durante años.
Rodrigo reaccionó de la peor manera posible.
—¡Mi mamá lo hacía sola! —gritó—. Ella y Ernesto se arreglaban. Yo no sabía nada.
La sala entera se congeló.
Patricia lo miró con horror.
—¿Estás culpando a mamá? ¿Después de dejarla morir sola?
La tía Lupita bajó la vista. Hasta ella, que había insultado a Mariana en el velorio, pareció sentir vergüenza.
Rodrigo se dio cuenta tarde de lo que había dicho.
—No, yo… no quise decir…
Un golpe fuerte sonó en la puerta.
Valdés miró su reloj.
—Llegaron puntuales.
Dos hombres y una mujer entraron a la sala. La mujer llevaba identificación de Grupo Altura; uno de los hombres, gafete de auditoría corporativa; el otro, traje oscuro y carpeta sellada.
—Rodrigo Salvatierra —dijo la mujer—, soy Laura Méndez, directora de cumplimiento de Grupo Altura. Ayer recibimos documentación relacionada con pagos indebidos vinculados a contratos otorgados por usted.
Rodrigo se puso blanco.
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