Doña Elena se acercó a su oído y susurró:
—Todavía no sabes quién mató realmente a la madre de Mateo.
Santiago acababa de entrar.
Las llaves se le cayeron de la mano.
Y en ese silencio, Valeria entendió que lo peor de la familia Murillo aún no había salido a la luz.
PARTE 3
Doña Elena salió de la casa de huéspedes sin explicar nada, pero dejó una frase clavada en el aire como un cuchillo.
Santiago permaneció inmóvil junto a la puerta. Su rostro había perdido todo color.
Valeria cerró la carpeta de evidencias y lo miró.
—¿Qué quiso decir tu madre?
Él tragó saliva.
—Laura murió por una infección después de una cirugía sencilla. Eso me dijeron.
—¿Quién te lo dijo?
Santiago bajó la mirada.
—Mi madre.
Esa noche no durmieron. Fueron al archivo de la mansión, un cuarto húmedo lleno de cajas, recibos, contratos y discos duros viejos. Revisaron todo lo relacionado con Laura, la primera esposa de Santiago y madre de Mateo.
La versión oficial decía que Laura había ingresado a una clínica privada de Interlomas para una operación menor. Horas después, una “complicación inevitable” la mató.
Pero los papeles no coincidían.
El nombre del cirujano en el expediente era distinto al de las notas de enfermería. La hora de fallecimiento no cuadraba con los cobros de hospital. Y había transferencias mensuales desde la constructora Murillo a una empresa médica fantasma que desapareció meses después de la muerte de Laura.
Santiago se dejó caer en una silla.
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