La primera camioneta era de la policía municipal.
La segunda, de la Fiscalía regional.
La tercera traía a una trabajadora del Instituto de la Mujer.
La cuarta, gris y sin logotipos, pertenecía a Lucía Ortega, agente del Ministerio Público y exalumna directa de Teresa Márquez.
Sergio retrocedió hasta pegar la espalda contra el fregadero.
—Esto es un abuso —dijo—. Ella entró sin permiso a mi propiedad.
El comandante Rivas miró el candado roto del gallinero, luego a Valeria envuelta en el rebozo, con la piel marcada y los ojos hundidos.
—Qué bueno que entró —respondió.
Doña Elvira empezó a llorar al instante. No por culpa. Por estrategia.
—Mi hijo es un buen hombre. Esa muchacha siempre fue inestable. Desde que recibió la herencia de su padre se puso insoportable. No quería ayudar a la familia.
Lucía Ortega abrió su carpeta.
—¿A cuál familia, señora? ¿A la suya o a la cuenta bancaria de su hijo?
El silencio duró apenas 2 segundos.
Pero fue suficiente para que Valeria respirara distinto.
Los agentes separaron a Sergio de ella. La trabajadora del Instituto de la Mujer se arrodilló frente a Valeria, le habló despacio, le pidió permiso antes de tocarla y empezó a documentar lesiones: muñecas, brazos, cuello, espalda, tobillos.
Cada foto era un clavo más en el ataúd de Sergio.
Lucía revisó el cajón donde doña Elvira había escondido los papeles.
—Poder notarial. Autorización de administración patrimonial. Solicitud de cambio de beneficiario en seguro de vida. Contrato de cesión de derechos sobre fideicomiso.
Sergio intentó reír.
—Papeles normales. Parejas casadas hacen trámites.
—Parejas casadas no encierran a una mujer en un gallinero para que firme —dijo Teresa.
Valeria apretó el vaso entre las manos.
—Me decían que si no firmaba, nadie iba a encontrarme. Que mi mamá ya estaba vieja. Que iba a pensar que yo me había ido porque era una mala hija.
Teresa sintió el golpe en el estómago, pero no dejó que se le quebrara la voz.
—Nunca pensé eso.
Valeria la miró con los ojos llenos de vergüenza.
—Yo sí lo pensé.
Sergio aprovechó ese instante.
—¿Ven? Está confundida. Mi esposa se deprime, se inventa enemigos. Yo la estaba cuidando.
Lucía levantó el celular de Sergio, que uno de los agentes había encontrado sobre la mesa.
—Entonces no tendrá problema con que revisemos los respaldos de las cámaras.
La piel de Sergio perdió color.
—Necesitan orden.
Lucía levantó una hoja.
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