Un reencuentro inesperado en la habitación 220
Una mañana, al entrar a atender a un nuevo paciente, vi su nombre en la ficha y me quedé sin aire: Thomas. El hombre en la cama estaba delgado, pálido, marcado por la enfermedad, pero sus ojos eran los mismos que me habían mirado partir en aquella estación. Me sonrió como si me hubiera estado esperando y me saludó con naturalidad.
Desde entonces buscaba cualquier excusa para pasar por su habitación. Él me contó que nunca se había casado. Yo le confesé lo mismo. Hablamos de recuerdos, de rodillas doloridas, de sueños viejos. Con los días, las décadas de distancia parecían encogerse.
Una propuesta que parecía imposible
Una tarde, con cáncer en fase avanzada y sabiéndose sin tiempo, Thomas tomó mi mano y me pidió que me casara con él. Dijo que me había amado toda la vida y que era su último deseo. Le respondí que sí.
La ceremonia se celebró tres días después en su habitación, con una enfermera como testigo y un hombre discreto llamado Walter, su abogado. Me pareció extraño que un abogado asistiera a una boda tan íntima, pero Thomas me apretaba la mano y no le di importancia. Después de los votos, Walter abrió un maletín y me pidió firmar varios documentos. Confiaba plenamente en Thomas: firmé sin dudar.
Cuando le conté a Raymond, estalló. Me gritó que había perdido la cabeza, que me estaban manipulando, que anulara todo de inmediato. Corté la llamada.
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