“Mi prometido me dijo: ‘No me llames tu futuro esposo’. Yo solo asentí, retiré mi nombre de toda la boda… Dos días después, entró al almuerzo y se quedó paralizado al ver lo que lo esperaba sobre su silla.”

“Mi prometido me dijo: ‘No me llames tu futuro esposo’. Yo solo asentí, retiré mi nombre de toda la boda… Dos días después, entró al almuerzo y se quedó paralizado al ver lo que lo esperaba sobre su silla.”

Yo la miré.

“Y tu negocio de organización de bodas recibió descuentos y accesos usando mi nombre, sin mi autorización. Ya enviamos aviso a los proveedores.”

Renata apretó su servilleta.

“Eres una miserable.”

“Quizá”, respondí. “Pero soy una miserable con contratos firmados.”

Los inversionistas comenzaron a levantarse. Uno de ellos hizo una llamada. Otro pidió a su asistente que detuviera cualquier transferencia pendiente. El señor Lozano no volvió a mirar a Santiago.

“Nos veremos con el consejo”, dijo.

Santiago intentó seguirlo.

“Lozano, espera. Esto es personal. Ella está dolida.”

El hombre se detuvo.

“Lo personal fue besar a otra mujer. Lo financiero es haber mentido.”

Salió del salón.

Doña Beatriz se dejó caer en la silla. Renata miraba su celular con desesperación. Mariana lloraba en silencio.

Santiago se volvió hacia mí.

“¿Estás feliz?”

La pregunta me golpeó de una manera extraña.

Porque no, no estaba feliz.

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