Mi padre volteó hacia ella.
“Rosa…”
Y ahí entendí que él tampoco sabía todo.
Mi madre se acomodó la bolsa sobre las piernas, como si ese gesto pudiera devolverle dignidad.
“Adrián solo nos ayudó algunas veces. Tú siempre has sido difícil. Él trataba de mantener unida a esta familia.”
Sentí náuseas.
“¿Mantenerla unida pagando tu silencio?”
“No era silencio”, dijo ella, alzando la voz. “Era prudencia. Tú no sabes lo que es vivir preocupada por dinero. Nosotros te dimos todo, Mariana. Escuela privada, ropa, fiestas, contactos. Y luego te casas con un hombre que por fin puede ayudarnos, ¿y esperabas que lo rechazáramos?”
Mi padre la miró, horrorizado.
“¿Qué hiciste, Rosa?”
Ella lo ignoró.
“Adrián decía que exagerabas. Que eras inestable. Que si lo dejabas, ibas a destruirlo todo. Yo solo intentaba evitar un escándalo.”
Me reí, pero no fue una risa feliz. Fue un sonido roto, seco.
“¿Un escándalo? Estaba en una cama de hospital.”
“Y aun así tenías fuerza para arruinarnos la casa”, soltó.
Valeria cerró la carpeta con fuerza.
“Esta conversación terminó.”
Pero yo levanté una mano.
“No. Quiero escucharla.”
Mi madre se inclinó hacia mí, con los ojos brillantes de rabia.
“Sí, Adrián nos ayudó. Pagó deudas. Nos prometió completar lo de la casa si tú dejabas de hacer drama. ¿Eso quieres oír? Porque alguien tenía que pensar en el futuro de la familia.”
“La familia”, repetí.
Qué palabra tan pequeña para esconder tanta cobardía.
Mi padre se dejó caer en la silla. Parecía haber envejecido diez años en un minuto.
“Rosa, dime que no sabías que él le pegaba.”
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