Regresé del mercado con pan dulce, manzanas y un ramo de flores que compré solo para sentir que todavía podía elegir algo bonito.
Al entrar, noté que la puerta del cuarto de visitas estaba abierta.
Ese cuarto no era gran cosa: cajas de material escolar, uniformes deportivos que donaba a estudiantes que los necesitaban, conos de entrenamiento, cuerdas, libretas de planeación y los bastones de madera que mi abuelo me regaló cuando cumplí dieciséis.
Escuché bolsas moviéndose.
Entré despacio.
Elvira estaba frente al clóset, metiendo mis bastones en una bolsa negra de basura.
“¿Qué está haciendo con mis cosas?”, pregunté.
Se sobresaltó, pero enseguida levantó la barbilla.
“Estoy sacando armas de esta casa. No voy a permitir que una mujer inestable ponga en riesgo a mi hijo.”
Me acerqué y tomé la bolsa.
Adentro no solo estaban mis bastones.
Había un reloj de hombre nuevo, todavía con etiqueta. Dos pulseras de oro de Elvira. Un sobre con documentos bancarios. Copias de mi INE. Mi RFC. Datos de mi escuela. Mi sueldo mensual. Una solicitud de crédito con mi nombre escrito donde yo jamás había firmado.
Antes de que pudiera hablar, Iván apareció en la puerta con el celular en alto, grabando.
“¡Ya basta, Mariana!”, gritó, mirando a la cámara. “¡Suelta a mi mamá! Todos van a ver la verdad sobre la maestra violenta con la que me casé.”
Ahí estaba.
El teatro completo.
Robo falso. Agresión falsa. Fraude real. Todo montado en mi propio departamento.
Solté la bolsa.
Luego miré directo a su celular.
“Qué bueno que estás grabando”, dije. “La cámara de la maceta lleva grabando desde que tu mamá entró a este cuarto a sembrar pruebas.”
Iván se quedó helado.
Elvira perdió el color.
“Eso es ilegal”, susurró.
“No”, respondí. “Ilegal es fabricar un delito, intentar usar mi identidad para un crédito, amenazar mi trabajo y conspirar con Valeria para obligarme a firmar.”
Tocaron la puerta.
No era una vecina.
Era Nora Salcedo, mi abogada, con mi papá detrás. Nora traía una carpeta gris llena de impresiones, capturas, audios y un escrito listo para presentar ante la autoridad.
Mi papá no entró gritando. No empujó a nadie. Solo se quedó en la entrada, enorme, serio, con los ojos puestos en mí.
“Vengo por mi hija y sus documentos”, dijo. “Nada más.”
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