El juzgado familiar en la Ciudad de México olía a papel viejo, café recalentado y miedo mal escondido. Adrián apareció con tres abogados, traje azul oscuro y Romina a su lado, vestida de marfil, casi como si fuera a salir de ahí directo a su boda.
Al vernos, sonrió.
Mateo traía tenis gastados, una camisa verde y su libreta negra entre las manos.
Adrián se agachó frente a él, fingiendo ternura para los testigos del pasillo.
“Todavía estás a tiempo de convencer a tu mamá de no hacer el ridículo.”
Mateo lo miró con calma.
“¿Vas a borrar también lo del viernes?”
La sonrisa de Adrián desapareció.
Romina volteó hacia él.
“¿Qué quiere decir?”
Antes de que Adrián respondiera, el secretario abrió la puerta de la sala.
“Caso Montes contra Salgado.”
Entramos.
Y mientras el juez acomodaba los expedientes, Mateo apretó mi mano y susurró:
“Mamá, el número malo más grande no está en la empresa. Está en la cuenta de ella.”
PARTE 3
El juez Ernesto Cárdenas tenía fama de no tolerar teatro.
Por eso, cuando Adrián entró como si el juzgado fuera una extensión de su sala de juntas, el ambiente cambió apenas lo suficiente para que yo lo notara. Sus abogados colocaron tabletas, carpetas de piel y plumas carísimas sobre la mesa. Romina se sentó detrás de él con las piernas cruzadas, mirando mi vestido sencillo como si confirmara que yo ya había perdido.
Yo puse sobre mi mesa una memoria plateada, la libreta negra de Mateo y una botella de agua.
Nada más.
“Estamos aquí para revisar el convenio de divorcio y la separación patrimonial propuesta por la parte actora”, dijo el juez, revisando las hojas. “Señora Salgado, entiendo que usted se niega a firmar el acuerdo.”
“Así es, señor juez.”
El abogado principal de Adrián se levantó de inmediato.
“Su señoría, la negativa de la señora es una estrategia de presión. Grupo Meridian fue fundado por el señor Montes antes del matrimonio y está protegido por capitulaciones matrimoniales. La oferta económica es extraordinariamente generosa. Estamos hablando de 250 millones, además de manutención. La señora pretende usar al menor como herramienta emocional.”
Sentí la mano de Mateo buscar la mía bajo la mesa.
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