Esa palabra, en su boca, sonó como una moneda falsa.
—¿Familia? —repetí.
—Tu hermano cometió errores. Yo protegí el apellido.
—Protegiste contratos.
—Protegí lo que te habría pertenecido si no hubieras elegido jugar a la soldadita.
Ahí estaba. El verdadero Arturo Salazar. No el padre. No el viudo. No el hijo del general. Solo un hombre ofendido porque su hija no quiso convertirse en pieza de su tablero.
Di un paso hacia él.
—Yo elegí curar personas que ustedes usaron para ganar dinero.
—No seas dramática.
Abrí la carpeta y saqué la copia de mi falsa renuncia al fideicomiso.
—¿También fue drama falsificar mi firma?
No respondió.
Saqué las transferencias.
—¿También fue drama cobrar prótesis que nunca llegaron?
Silencio.
Saqué una fotografía de mi abuelo en el hospital, fechada dos semanas antes de morir, firmando ante el notario.
—¿También fue drama dejar que él muriera creyendo que yo lo odiaba?
Por primera vez, mi padre bajó la mirada.
No por culpa.
Por cálculo.
—Natalia —dijo en voz baja—, si entregas eso, Diego va a prisión.
Mi hermano me miró como un niño malcriado viendo acercarse la consecuencia.
—Natalia, por favor. Yo tengo hijos.
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