La marca seguía ahí.
Los recuerdos también.
A veces, al escuchar un golpe fuerte en la cocina, se le apretaba el pecho. A veces soñaba con el piso frío, con su celular lejos de su mano, con la voz de Teresa preguntando si todo había terminado.
Pero ya no vivía con miedo.
Diego se sentó a su lado y le tomó la mano.
“¿Alguna vez te arrepientes de haber esperado para atraparlos?”
Valeria miró a sus hijos.
Mariana acababa de meter los dedos en el pastel y le ofrecía betún a Mateo con una solemnidad adorable. Mateo abrió la boca y terminó embarrado hasta la nariz.
Valeria sonrió.
“No.”
Diego la observó en silencio.
“Pensaron que ser madre me hacía débil”, dijo ella. “Pero ser madre me enseñó exactamente por qué valía la pena pelear.”
Al otro lado del jardín, la casa seguía en pie.
La misma cocina.
El mismo piso.
La misma puerta de la despensa.
Sobre esa puerta, la cámara reparada parpadeaba con una pequeña luz azul.
No era paranoia.
Era memoria.
Y esta vez, dentro de esa casa, ninguna verdad volvería a quedarse enterrada bajo el silencio de una familia.
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