Durante los siguientes días no regresamos. Eso fue lo más difícil y lo más importante. Porque mi impulso era correr a casa, enfrentar a Daniel, revisar cajones, gritar, llorar, exigir. Pero Arturo me tomó de la mano y dijo:
—Si regresamos ahora, él habrá logrado lo que quería. Que el viaje termine. Que volvamos a obedecer.
Así que nos fuimos a Puerto Escondido.
No fue un viaje perfecto. Ningún mar cura de golpe 32 años de hábitos. Caminábamos por la playa y de pronto yo pensaba en Sofía. Cenábamos pescado y me preguntaba si Mateo habría dormido bien. Veía parejas mayores riendo en las mesas y sentía una tristeza extraña, porque yo también tenía derecho a eso y no lo había sabido defender.
Pero cada mañana respiraba mejor.
Arturo volvía a contar chistes. Yo volvía a reírme sin mirar el reloj. Caminamos por Zicatela al atardecer, tomamos café en una terraza, compré un vestido blanco que no necesitaba y una libreta azul donde empecé a escribir cosas que nunca me había atrevido a decir.
“No soy mala madre por descansar.”
“Mis hijos pueden tener problemas sin que yo me convierta en solución automática.”
“Amar no es desaparecer.”
El tercer día, Daniel llamó 6 veces.
No contesté.
Mandó un mensaje:
“Necesito hablar contigo de lo de la casa.”
No respondí.
Después llegó otro:
“Te estás comportando como una desconocida.”
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