—Esto es una locura. Yo solo estaba protegiendo la casa.
Uno de los policías levantó la ceja.
—¿Protegiéndola de la dueña?
Rodrigo me miró con odio.
—Tú hiciste un escándalo por nada. Solo perdiste un vuelo.
Sentí un calor subir por mi pecho, pero no grité. No iba a darle ese gusto. La rabia, cuando se cocina bien, no explota. Se sirve fría, en platos de porcelana.
Valeria puso la primera hoja sobre la mesa de centro.
—Reporte de la policía aeroportuaria en Lisboa.
Luego puso la segunda.
—Imágenes de seguridad donde se observa al señor Rodrigo Salgado retirando una carpeta de la mochila de la señora Mariana Salgado.
La tercera.
—Constancia del consulado mexicano sobre emisión urgente de documentos de viaje para Mariana y sus 2 hijos menores.
La cuarta.
—Capturas de pantalla enviadas por error por la señora Isabel, madre de ambos.
Rodrigo abrió los ojos.
—¿Qué capturas?
Antes de que alguien contestara, se escuchó un golpe en la puerta. Mi mamá entró sin esperar permiso, con mi papá detrás. Ella venía con el cabello perfecto, bolsa cara y esa cara de indignación ensayada que usaba cuando quería parecer víctima.
—¿De verdad vas a destruir a tu hermano por un malentendido? —dijo.
Mi hija se asomó detrás de mí.
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