Julián chilló:
“¡No la escuchen! ¡Mi papá paga sus contratos!”
Ese grito fue su segundo error.
Porque el guardia principal miró a sus compañeros.
Y sus compañeros lo miraron a él.
Camila entendió que algo acababa de cambiar.
Lentamente, el hombre tomó el celular. Leyó. Bajó más. Su rostro perdió color.
“¿Esto es real?”, preguntó.
“Está enviado también a la Fiscalía”, dijo Camila. “Y la cámara está grabando.”
El pasillo se llenó de murmullos. Otros pasajeros se asomaban. Una mujer mayor empezó a llorar al ver el bat. Un joven grababa con su teléfono.
Entonces llegó una oficial del barco, pálida, nerviosa.
“Señora Ríos, necesito que venga con nosotros.”
Julián volvió a reír.
Pero la oficial no miraba a Camila.
Miraba el teléfono de Julián.
“Hay más”, dijo la oficial en voz baja. “Encontramos una denuncia vieja contra la familia Arriaga en nuestros registros internos. Una pasajera desapareció de un crucero hace nueve años después de viajar con uno de sus hermanos.”
Camila sintió que el aire se le iba.
Julián cerró los ojos.
La puerta de la suite quedó abierta.
El mar seguía oscuro.
Y en la pantalla del celular apareció una carpeta oculta con el nombre de una mujer que todos en Monterrey creían muerta por accidente.
PARTE 3
La mujer se llamaba Mariana Beltrán.
Camila no la conocía.
Pero había visto su rostro una vez en una fotografía vieja durante la boda, sobre una mesa de recuerdos familiares. Doña Rebeca había dicho que Mariana había sido “la primera esposa inestable” de Esteban, el hermano mayor de Julián. Según la versión oficial, se había lanzado al mar durante un viaje por depresión.
Nadie investigó demasiado.
Los Arriaga pagaron misas, periódicos, abogados y silencios.
En la carpeta oculta del celular de Julián había algo distinto.
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