—¡No! ¡Soy su esposo! ¡Ella no va a declarar contra mí!
Lucía lo miró con una frialdad perfecta.
—Ya declaró.
Las esposas sonaron.
Ese clic metálico fue más hermoso que cualquier canción de cuna.
Sebastián intentó zafarse y terminó contra la mesa del pastel. Su mejilla cayó sobre el betún azul que decía Mateo. El nombre de mi hijo quedó embarrado en su cara como una sentencia.
—Mariana, por favor —sollozó—. Nuestro bebé…
Mi cuerpo entero se endureció.
—No vuelvas a decir “nuestro”.
Él dejó de moverse.
—Mateo no va a aprender de ti que amar significa humillar. No va a aprender de tu madre que una mujer vale por su vientre. No va a aprender de tu padre que el dinero compra justicia.
La paramédica me acomodó sobre una camilla. Sentí una contracción fuerte y cerré los ojos.
—Tenemos que llevarla ya —dijo.
Lucía se acercó.
—¿Quieres que llamemos a alguien?
—A mi mamá —respondí—. Y a mi hermano.
Alejandro seguía ahí, con el celular temblando en la mano. Cuando nuestros ojos se cruzaron, lloró sin vergüenza.
—Ya viene mamá —me dijo—. Está a diez minutos.
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