PARTE 2
A las 11:58, Valeria cruzó nuevamente la entrada de la residencia Villarreal con Alma dormida en sus brazos.
No llevaba uniforme.
Vestía pantalón negro, blusa blanca y el cabello recogido con la misma sobriedad con la que entraba a una sala de mando.
Beatriz estaba sentada junto a sus 2 hijas, Renata y Paulina.
Las 3 cuchicheaban, indignadas, como si la víctima de la noche anterior hubiera sido ella.
—Qué necesidad de hacer un escándalo —dijo Beatriz apenas la vio—. Toda la gente se fue hablando de tu actitud.
Valeria no respondió.
Rodrigo permaneció cerca de la puerta. Tenía los ojos hinchados y las manos inquietas.
A las 12 en punto, Ernesto Villarreal, patriarca de la familia y dueño de una importante empresa de construcción, pidió que cerraran el salón.
—Hoy nadie se va hasta que se diga la verdad —anunció.
En ese momento, 2 vehículos se detuvieron frente a la casa.
Tomás Ortega entró acompañado por una abogada de familia, un notario y una mujer de cabello canoso a quien Valeria reconoció de inmediato.
Era Ofelia, la antigua administradora de la casa, despedida por Beatriz 3 semanas antes.
Beatriz perdió el color.
—¿Qué hace esa mujer aquí?
Ofelia no bajó la mirada.
—Lo que debí hacer desde hace mucho.
Tomás abrazó a su hija y besó la frente de Alma.
Después se volvió hacia Ernesto.
—Gracias por aceptar que esto se hablara frente a todos.
Renata soltó una risa burlona.
—¿Y ahora qué? ¿Nos van a dar una clase de modales?
La abogada abrió una carpeta.
—No. Vamos a revisar un intento planeado para provocar a Valeria, grabarla fuera de control y utilizar esas imágenes en una disputa por la custodia de su hija.
El silencio fue brutal.
Rodrigo cerró los ojos.
Valeria sintió que algo helado le recorría la espalda.
—¿Custodia? —preguntó.
La abogada colocó varias hojas sobre la mesa.
Había borradores de una demanda de separación, evaluaciones privadas y mensajes impresos.
Uno de ellos, enviado por Beatriz a Rodrigo, decía:
“Haz que pierda la cabeza frente a todos. Si grita o me empuja cuando tome a la niña, tendremos testigos de sobra”.
Otro decía:
“Una mujer con ese trabajo no puede criar bien a una bebé. Alma necesita crecer como Villarreal, no como Ortega”.
Valeria miró a su esposo.
—¿Tú sabías?
Rodrigo tardó demasiado en contestar.
—Yo no quería llegar tan lejos.
—Eso no fue lo que pregunté.
—Sí —admitió finalmente—. Sabía que mi mamá quería grabarte. Pero me juró que solo era para hacerte entender que necesitabas bajar el ritmo, dejar tu trabajo y dedicarte a Alma.
Valeria lo observó como si de pronto tuviera enfrente a un desconocido.
—¿Y firmaste esto?
Señaló el borrador de la demanda.
Rodrigo se pasó ambas manos por el rostro.
—Fue una medida preventiva.
—¿Preventiva contra quién? ¿Contra la madre de tu hija?
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