La llegada de un nuevo recluso a la cárcel de mujeres despertó la curiosidad de casi todos.
Desde el primer momento llamó la atención. Sus brazos, cuello e incluso parte del pecho estaban cubiertos de tatuajes. Apenas hablaba con nadie, evitaba mirar miradas y prefería permanecer aislado.
En la cárcel los rumores corrían rápido, especialmente cuando aparecía una nueva cara. Sin embargo, esa mujer no dio lugar a ningún comentario. Mantuvo las órdenes de los guardias sin protesta y nunca entró en los asuntos de los demás.
Aun así, había una regla que cada recién llegado aprendió muy pronto.
Había una presa a la que todo el mundo tenía miedo.
Su nombre era Vanessa.
Cuando apareció, la atmósfera cambió instantáneamente. Muchos bajaron y trataron de salir de su camino.
Era una mujer imponente: de casi dos metros de altura, una enorme tez y una fuerza fuera de lo común. Se dijo que un solo golpe suyo fue suficiente para dejar a alguien inconsciente.
A lo largo de los años había convertido la vida de muchos reclusos en un verdadero infierno.
Algunos se lavaban la ropa.
Otros limpiaron su celda.
Muchos entregaron algunos de sus alimentos.
Y no faltaban los que hacían los trabajos más desagradables solo por miedo a decirle que no.
Quien se atrevió a desafiarla terminó pagando un precio muy alto.
Vanessa disfrutó humillando a los demás frente a toda la prisión y nunca perdió la oportunidad de recordar quién estaba enviando allí.
Es por eso que casi nadie se atrevió a tomar lo contrario.
Durante varios días, la nueva pasante pasó completamente desapercibida para ella.
Pero todo cambió a la hora del almuerzo.
El comedor estaba casi lleno. Los reclusos ocupaban las largas mesas de metal mientras hablaban en silencio.
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