“Eso se llama falsificación.”
Don Ernesto levantó la barbilla.
“No dramatice, oficial. En las empresas familiares a veces se adelantan trámites. Todo se iba a regularizar.”
“Falsificar una firma no se regulariza”, respondió el oficial.
Doña Elvira se dejó caer en una silla.
“Ernesto, dime que esto no fue idea tuya.”
El silencio de Don Ernesto fue peor que una respuesta.
Ricardo se pasó ambas manos por la cara.
“Papá me dijo que era temporal. Que solo necesitaba enseñar respaldo para cerrar el préstamo. Que en cuanto entrara el dinero, sacábamos la casa de los papeles.”
Claudia lo miró como si fuera un desconocido usando la voz de su esposo.
“¿Y cuándo pensabas decírmelo?”
Ricardo bajó los ojos.
“Después.”
Otra vez esa palabra.
Después de que se instalaran.
Después de que copiaran llaves.
Después de que un banco tuviera su casa en una carpeta.
Después de que su hija naciera en un hogar donde todos ya habían decidido por ella.
Don Manuel tomó la mano de Doña Teresa. Sus ojos estaban rojos, pero su voz salió firme.
“Confiamos en ti, Ricardo. Te dejamos entrar a la vida de nuestra hija.”
Ricardo tragó saliva.
“Yo amo a Claudia.”
Doña Teresa lo miró con una tristeza afilada.
“No. Tú amas lo que creíste que podías sacar de ella.”
Aquello atravesó la sala.
Don Ernesto golpeó la mesa con la palma.
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