Esa tarde llevé a Camila y Emiliano de regreso a casa solo porque la doctora autorizó su salida temporal y porque el DIF ya había enviado una trabajadora social para acompañarnos. No quería que mis hijos pisaran de nuevo ese lugar, pero necesitábamos ropa, medicinas y documentos.
Antes de entrar, me agaché frente a Camila.
—Mi amor, Ximena no va a volver a mandarte nada. Ni hoy, ni mañana, ni nunca.
Ella no sonrió. Solo abrazó la cobijita de Emiliano con más fuerza.
—¿Y si se enoja?
—Que se enoje conmigo.
Trueno caminó junto a ella todo el tiempo. Si Camila se detenía, él se detenía. Si Emiliano lloraba, el perro levantaba las orejas y miraba hacia la puerta, como si hubiera decidido que esa casa ya no necesitaba adornos, sino defensa.
Eran casi las 10 de la noche cuando escuchamos un coche detenerse afuera.
Tacones en el piso.
Llaves golpeando la chapa.
Ximena entró con lentes oscuros sobre la cabeza, bolso caro al hombro y olor a vino dulce. Se quedó parada en el recibidor al ver la sala sin sus flores, sin sus botellas, sin sus fotografías acomodadas.
—¿Qué hiciste con mi casa? —preguntó.
Yo estaba sentado en el sillón, con la memoria USB sobre la mesa y una carpeta de documentos frente a mí.
—No era tu casa, Ximena. Era el lugar donde mis hijos debían estar seguros.
Ella soltó una risa seca.
—No empieces con tus discursos de soldadito. Yo también estoy cansada. ¿Sabes lo que es vivir con tus horarios, tus traumas y 2 niños encima?
Desde el pasillo, Camila apareció con Emiliano en brazos. No debía cargarlo, se lo habíamos dicho, pero el instinto de protegerlo todavía vivía en su cuerpo como una orden vieja.
Su voz salió rota.
—Papá… no dejes que me encierre otra vez con sus reglas.
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