La sala perdió color.
—Mariana —dijo Rodrigo, intentando levantarse—. Esta es una reunión privada.
—No por mucho —respondió Valeria.
Doña Graciela recuperó la voz con un grito.
—¡Seguridad! ¡Saquen a esta mujer!
Nadie entró.
El agente principal colocó una carpeta gruesa sobre la mesa.
—El personal de seguridad ya fue notificado. Esta reunión queda intervenida por orden judicial.
Uno de los primos se apartó de la mesa como si quemara.
Rodrigo soltó una risa nerviosa.
—¿Orden judicial? Esto es un asunto familiar. Mi esposa me engañó. Hay una prueba de ADN.
Valeria conectó su laptop a la pantalla.
La imagen apareció enorme: factura digital, historial de navegación, hora de descarga, plantilla falsa, correo de Rodrigo, tarjeta corporativa de Doña Graciela.
—¿Se refiere a esta prueba? —preguntó Valeria—. La que compró por noventa y nueve dólares en una página fraudulenta, usando una tarjeta vinculada a la cuenta de su madre.
Rodrigo no contestó.
Doña Graciela dio un paso hacia la pantalla.
—Eso no significa nada.
El perito cambió la imagen. Aparecieron las transferencias: fechas, montos, cuentas receptoras, sociedad fantasma.
—Once millones de pesos movidos en cuarenta y ocho horas —dijo el agente—. Intento de ocultamiento patrimonial, fraude financiero, falsificación de documento privado y uso de identidad familiar con fines de despojo.
La sala empezó a llenarse de murmullos.
—Graciela —dijo uno de los socios—, ¿qué hiciste?
Ella se llevó una mano al cuello.
—Yo protegía a mi hijo.
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