Don Fernando se aferró al respaldo de una silla.
“¿Qué significa esto?”, preguntó.
Lucía sostuvo a Santiago contra su pecho. Ya no llevaba bata de hospital, sino un vestido azul oscuro, sencillo y elegante. Su rostro seguía cansado, pero sus ojos estaban despiertos como una ciudad antes de una tormenta.
“Es la reunión de inversión que ustedes pidieron”, dijo. “Solo que no será como la imaginaron.”
En la pantalla apareció el primer documento: una transferencia de Grupo Robles a Consultoría Urbana del Centro, S.A. de C.V.
Después otra.
Y otra.
Doce empresas. Mismos domicilios fiscales falsos. Mismos administradores prestanombres. Mismos pagos aprobados por Rodrigo.
La sala quedó en silencio.
El auditor independiente habló primero.
“Después de la denuncia protegida presentada por la señora Lucía Robles, revisamos dos años de operaciones. Hay indicios de fraude corporativo, desvío de recursos, falsificación de facturas y ocultamiento de pérdidas.”
Rodrigo golpeó la mesa.
“¡Esa información fue robada!”
“No”, respondió la abogada de Lucía. “Fue preservada por una accionista con derecho legal de revisión y entregada mediante denuncia formal.”
Beatriz señaló a su hija.
“Ella está haciendo esto por venganza. Porque no aprobamos su embarazo.”
Lucía respiró hondo. Luego presionó un botón.
La voz de Beatriz llenó la sala.
“Firma, Lucía. Alejandro se va a cansar de ti. Los hombres como él siempre se cansan. Y cuando eso pase, no vengas a tocar nuestra puerta con ese niño.”
Nadie se movió.
Luego apareció en pantalla el contrato que Beatriz había dejado junto a la cama del hospital. La cesión valuaba el doce por ciento de Lucía en una cantidad ridícula, menos de la quinta parte de lo que Rodrigo ya había negociado en secreto con un comprador externo.
Leave a Comment