PARTE 2
Don Fernando fue el primero en recuperar la voz.
“Señor Aranda, esto es un asunto privado de familia”, dijo, intentando sonreír. “Hubo una confusión.”
“No”, respondió Alejandro. “Se volvió asunto mío cuando amenazaron a Lucía y a mi hijo en una habitación de hospital.”
Beatriz miró a Lucía como si acabara de verla por primera vez.
“¿Tú y él?”, preguntó. “Eso es imposible.”
Lucía acomodó la manta del bebé.
Lo que su familia no sabía era que Alejandro y ella se habían conocido ocho meses antes, durante una auditoría preliminar. Aranda Capital analizaba invertir en el nuevo proyecto de Grupo Robles en Valle de Bravo, y Lucía había sido contratada como consultora forense independiente.
Alejandro no la buscó por su apellido. La buscó porque su trabajo era preciso, discreto y brutalmente honesto.
La relación nació en silencio, entre reportes, cafés fríos, juntas larguísimas y una verdad compartida: Grupo Robles olía a fraude.
Mantuvieron todo en secreto porque la investigación seguía abierta. También porque Lucía quería proteger el único rincón de su vida que su familia no había contaminado.
Alejandro tomó la carpeta que Beatriz había dejado en la cama. Leyó dos páginas y se la pasó a su abogado.
“Presión indebida, valuación ridícula, falta de asesoría independiente y una madre sedada por medicamentos posparto”, dijo el abogado. “Muy útil.”
Beatriz palideció.
Don Fernando cambió el tono.
“Lucía, dile que esto se está malinterpretando.”
Ella levantó la mirada.
“Entraron después de mi parto, rechazaron a mi hijo y me dijeron que firmara acciones valuadas en millones a cambio de pañales y una renta.”
“¡Te ofrecimos ayuda!”, gritó Beatriz.
“Me ofrecieron migajas para robarme.”
El director del hospital intervino con voz firme.
“Señora Robles, señor Robles, por indicación de la paciente deben retirarse.”
Don Fernando miró a Alejandro.
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