Julián siguió, sin imaginar que cada palabra le estaba cortando algo por dentro.
—Además, ¿sabes cuánto cobra una enfermera de planta? Una lana. Yo tengo una por comida y techo.
El otro hombre preguntó en voz baja:
—¿Y la casa?
Julián se rio otra vez.
—Para Emiliano, obvio. Es mi sangre. Brenda solo está cuidando el lugar hasta que yo falte.
La concha de vainilla cayó al piso.
Brenda no gritó.
No entró a reclamar.
No le lanzó el pan a la cara.
Solo recogió la bolsa con manos temblorosas y salió del centro sintiendo que el mundo se le había quedado sin ruido.
Esa noche Julián regresó en ambulancia.
—¿Dónde estabas? —reclamó—. Te estuve esperando como menso.
Brenda le acomodó la almohada.
-Ocupado.
—¿Trajiste mis conchas?
Ella lo miró.
Por primera vez en 5 años no vio a un enfermo.
Vio a un hombre cómodo, cruel, sentado sobre su sacrificio.
—Se me olvidaron.
Julián frunció la boca.
—¿Cómo que se te olvidaron?
Brenda sonrió apenas.
—Sí. Se me olvidaron.
Y mientras él la miraba molesto, ella ya estaba pensando en la primera cosa que le iba a quitar.
Al día siguiente, Brenda empezó sin hacer ruido.
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