Andrés frunció el ceño.
“¿Quién te dejó subir?”
Antes de que respondiera, las puertas principales del salón se abrieron.
No fue un portazo.
Fue peor.
Fue una entrada ordenada, fría, inevitable.
Primero entraron 4 agentes de la Fiscalía con chalecos discretos. Después, 2 auditores con carpetas negras. Luego, un grupo de policías ministeriales. Y al final, caminando sin prisa, apareció Gabriel Alarcón.
Mi hermano no necesitaba gritar para vaciar una habitación.
Traía traje oscuro, abrigo gris y una mirada que hizo bajar la vista a más de un directivo.
Andrés se quedó blanco.
Mauricio Márquez dejó la copa sobre la mesa.
“Gabriel”, dijo, intentando sonreír. “Qué sorpresa. No sabía que estabas invitado.”
Gabriel ni siquiera lo saludó.
“Yo no vine a la fiesta”, respondió. “Vine al cierre.”
Un auditor conectó una memoria a la pantalla gigante. La imagen del logo de Grupo Horizonte desapareció y fue reemplazada por transferencias bancarias, contratos falsos, facturas duplicadas y nombres de empresas fantasma.
Los murmullos explotaron.
Andrés retrocedió.
“Eso es confidencial”, balbuceó. “No pueden mostrarlo aquí.”
Gabriel levantó una ceja.
“Lo confidencial era robarle durante 4 años a los inversionistas usando proveedores inventados. Lo público empieza hoy.”
Mauricio giró hacia Andrés.
“¿Qué es esto?”
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