“No lo sé, mi amor”, respondí. “Pero esta noche vamos a saber la verdad.”
Las puertas se abrieron.
El salón era un mundo ajeno al nuestro: luces cálidas, arreglos de orquídeas blancas, música de violines, empresarios brindando con champaña, cámaras de prensa y una enorme pantalla con el logo de Grupo Horizonte.
Y en el centro estaba Andrés.
Mi esposo.
El hombre que durante años me pidió paciencia mientras “levantaba la empresa”. El que decía que no podía comprarle zapatos nuevos a Sofía porque estaba pagando deudas. El que me dejaba sola en hospitales, juntas escolares y cumpleaños porque tenía reuniones importantes.
Estaba de pie junto a una mujer rubia, elegante, con vestido rojo y diamantes en el cuello. A su lado, un niño de unos 9 años llevaba un traje idéntico al de Andrés.
Andrés levantó su copa.
“Por mi nueva etapa, por mi familia y por el futuro que estamos construyendo.”
La gente aplaudió.
Yo avancé entre las mesas.
El murmullo comenzó atrás y se extendió como fuego en papel seco.
Andrés me vio.
Su sonrisa murió.
“Valeria”, dijo, casi sin voz. “¿Qué haces aquí?”
Daniela me miró con desprecio.
“¿Ella es la mujer problemática de la que hablaste?”
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