“¡Esa mujer golpeó a mi hijo y le robó su dinero!”, gritó doña Elvira en la entrada del centro comunitario. “¡No puede trabajar con niñas! ¡Es una salvaje!”
Yo estaba dando calentamiento a un grupo de adolescentes en el salón de usos múltiples. El eco de su voz atravesó las paredes. Algunas alumnas se quedaron inmóviles. Otras miraron hacia mí esperando una orden.
“Todas al fondo, por favor”, dije con calma.
Nadie se movió.
Raúl salió de la oficina de coordinación. Detrás de él apareció Mariana, una estudiante de 17 años que había llegado al taller porque su novio revisaba su celular. También salió Teresa, una señora de 48 años que llevaba meses aprendiendo a decir “no” sin pedir perdón. Una por una, mis alumnas se colocaron detrás de mí, no para pelear, sino para dejar claro que no estaba sola.
Doña Elvira avanzó con sus dos vecinas. Venía maquillada, con bolsa cara y cara de mártir ensayada.
“Mírenla”, dijo, señalándome. “Se hace la defensora de mujeres, pero casi mata a mi Alonso.”
Saqué mi celular y activé la grabadora.
“Repítalo claro, señora. Está afirmando públicamente que yo ataqué a su hijo sin motivo y le robé dinero.”
“¡Eso digo!”
“Entonces también podemos reproducir el audio donde usted le ordena que me quitara mi sueldo y me golpeara hasta obedecer.”
Las vecinas dejaron de asentir.
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