PARTE 2
Doña Elvira tocó el timbre a las 6:40 de la mañana, como si la casa también le perteneciera.
Entró sin esperar respuesta, cargando una bolsa con tamales, atole y medicinas para su “pobrecito niño”. Alonso estaba sentado en la cocina con cuello alto, ocultando los moretones de su caída. Tenía los ojos hundidos y las manos inquietas.
Yo estaba en el sillón, con la espalda encorvada, el cabello suelto sobre la cara y las manos temblorosas. No era miedo. Era actuación. Durante años había acompañado a mujeres que llegaban a mis talleres después de noches terribles. Conocía la forma en que una persona herida intenta hacerse pequeña para no provocar otro estallido.
Doña Elvira sonrió satisfecha.
“¿Ya quedó mansita?”, preguntó.
Alonso bajó la cabeza.
“Sí, mamá.”
Ella se sentó en el sillón principal como reina de vecindad y tronó los dedos.
“Tráeme agua, muchacha.”
Fui a la cocina, serví un vaso y se lo entregué. Ella lo tomó sin dar gracias.
“Escúchame bien”, dijo. “Desde hoy tu sueldo se deposita en mi cuenta. Dejas ese trabajo de andar enseñando golpes, porque una mujer decente no se exhibe así. Atiendes a mi hijo, limpias esta casa y en cuanto Dios quiera me das un nieto. Si aprendes pronto, no vas a sufrir.”
Luego me tomó de la barbilla con uñas duras.
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