Mauricio levantó la voz: “Ella fue la única que estuvo aquí. Ella controló la comida, las llaves y las medicinas.”
El doctor Rivas examinó el polvo sin guantes y declaró: “Esto explicaría el deterioro del paciente.”
Mariana lo miró fijamente.
“¿Puede saber eso sin laboratorio?”
El doctor se endureció.
“Tengo experiencia.”
“¿La misma experiencia con la que firmó que Daniel no podía despertar sin hacerle estudios reales?”
El silencio cayó pesado.
Don Ernesto sacó una carpeta azul.
“Firma esto ahora.”
Mariana leyó el documento en voz alta. Decía que ella aceptaba haber sido responsable del cuidado de Daniel, que autorizaba a la familia a tomar control de la empresa y que renunciaba a disputar cualquier seguro.
“También dice que no podré reclamar la póliza”, dijo.
“Es un trámite estándar”, respondió Don Ernesto. “Para proteger el patrimonio familiar.”
“¿Cuál familia?”, preguntó Mariana. “¿La del hijo que está en esa cama o la que ya imprimió su acta de defunción?”
Los murmullos recorrieron la sala.
Rebeca se llevó una mano al pecho. “¿Cómo te atreves?”
“Yo no la imprimí”, dijo Mariana. “Pero alguien dejó el nombre de Daniel listo. Solo faltaba poner la hora.”
Mauricio se puso rígido. Ese segundo de terror lo delató.
“Está inventando”, dijo. “Está desesperada. Su familia tiene deudas. Su hermano pidió dinero. Ella quería el seguro.”
Mariana entendió por fin por qué habían estado esparciendo rumores sobre ella en Monterrey. Necesitaban un motivo falso.
“Mi familia no debe nada”, respondió. “Pero ustedes sí.”
Don Ernesto golpeó el piso con el bastón.
“Basta. Firma.”
“No.”
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