La verdad era que para entonces mi madre ya estaba demasiado débil. Vivía por temporadas en casa de Tomás y en casa de Mariela, y desde hacía

La verdad era que para entonces mi madre ya estaba demasiado débil. Vivía por temporadas en casa de Tomás y en casa de Mariela, y desde hacía

Ella se dio la vuelta.
—Solo espero que no llegue el día en que te arrepientas.
No respondí.
Desde entonces, Esteban empezó a trabajar para mí. Y lo que más me sorprendió fue que hacía su trabajo con más seriedad que cualquiera de los hombres que yo había contratado antes. Nunca llegaba tarde. Revisaba el vehículo con cuidado: las llantas, las luces, la carga. Llevaba notas detalladas de las rutas. Trataba con respeto a los clientes, a los cargadores, incluso a personas que antes ni siquiera se habrían dignado a mirarlo.
Poco a poco, Mateo y Alma comenzaron a encariñarse con su tío. Esteban le enseñaba a Mateo a cambiar la llanta de un cochecito de juguete, y a Alma le mostraba cómo sembrar tomates en una maceta detrás de la cocina. Cada tarde, cuando regresaba, los dos corrían a la entrada para recibirlo como si estuvieran esperando a alguien que hubiera estado lejos durante años.
Solo Sofía seguía manteniendo distancia.
Ya no lo decía abiertamente, pero su frialdad nunca desapareció. No le gustaba que Esteban se sentara demasiado tiempo a la mesa con nosotros, no le gustaba que tocara el volante de la SUV familiar, y menos aún que los niños cada vez lo quisieran más.
Y entonces llegó el golpe más duro, justo cuando menos lo esperaba…

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