Rodrigo salió caminando bajo la lluvia. Ya no traía el bat, pero tenía una chamarra encima y el puño derecho manchado de sangre.
Se acercó a la ventana de la camioneta.
—Usted no entiende —dijo—. Mariana subió de nivel al casarse conmigo. Sin mi apellido, no es nadie.
Ernesto miró la mancha.
—¿De quién es esa sangre?
Rodrigo sonrió, pero ahora le temblaba un músculo en la mejilla.
—Tenga cuidado. El comandante de la zona cena con mi padre. Un juez le debe favores. Y el doctor de Mariana ya firmó un informe diciendo que ella tiene episodios agresivos.
—Eso debe hacerte sentir seguro.
—Me hace intocable.
Ernesto sonrió por primera vez.
—No. Hace más grande la lista de involucrados.
Las sirenas empezaron a escucharse a lo lejos.
Rodrigo giró la cabeza.
En ese mismo momento, una camioneta negra salió de la mansión y bloqueó la parte trasera de la camioneta de Ernesto. Don Raúl bajó con dos guardias privados.
—Quítenle el teléfono —ordenó—. Y sáquenlo de aquí antes de que llegue alguien.
Los guardias avanzaron.
Ernesto presionó el botón de señal.
Las luces rojas y azules inundaron la calle. Patrullas cerraron la privada. Un vehículo táctico frenó frente al portón. Lucía Herrera bajó de un auto sin placas, con una orden judicial en la mano.
—Rodrigo Arriaga —gritó—. Tire cualquier arma y muestre las manos.
Arriba, un vidrio se rompió.
Mariana apareció en la ventana del segundo piso, con sangre en la manga y el rostro empapado de lágrimas.
—¡Papá! —gritó—. ¡Quieren hacerme desaparecer!
PARTE 3
Todo ocurrió al mismo tiempo.
Rodrigo corrió hacia la casa, pero dos agentes lo derribaron antes de que llegara a la puerta. Don Raúl gritó que esa propiedad era privada, que nadie podía entrar sin hablar con su abogado, hasta que Lucía levantó la orden judicial frente a su cara.
—Privación ilegal de la libertad y riesgo inmediato para la víctima —dijo ella—. Si estorba, se va detenido ahora mismo.
Doña Beatriz intentó cerrar la puerta desde adentro, pero el equipo de rescate la abrió con un ariete. La madera fina crujió como si la mansión, por fin, dejara de fingir elegancia.
Ernesto quiso correr.
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