—A veces la gente es bonita.
Solté una risa llorosa.
—Sí, mi vida.
Ella miró hacia el camino por donde Renata se había ido.
—Y a veces es bien fea.
Casi me atraganto con el smoothie.
Durante un rato no hablamos de Renata. No hablamos de cáncer. No hablamos de hospitales. Camila volvió al agua. Primero caminó despacio por la parte baja. Luego se animó a sumergir la cara. Después hizo un salto pequeño, levantando apenas las rodillas.
El salvavidas le levantó el pulgar.
—Ese fue bueno —le gritó.
Camila se enderezó como una atleta olímpica.
—Voy a hacer uno mejor.
Hizo tres saltos más.
Luego cinco.
Luego uno tan dramático que mojó a una señora que, en vez de quejarse, soltó una carcajada y dijo:
—¡Eso, campeona!
Yo la miraba desde el camastro, bajo esa sombra que por la mañana sentí que nos habían robado para siempre.
Y entendí que no era solo una sombrilla.
Era el derecho de mi hija a no esconderse.
Era su lugar en el mundo.
A media tarde, cuando el sol bajó un poco, el fotógrafo del hotel llegó para la sesión. Camila quiso ponerse sus goggles rosas en la cabeza. También quiso cargar la tortuga.
—¿Me quito la pulsera? —preguntó otra vez.
La miré sin presionarla.
—Tú decides.
Se quedó pensando.
Luego negó.
—No. Hoy no.
El fotógrafo sonrió.
—Entonces la pulsera también sale en la foto.
Camila sonrió con una luz que no le veía desde antes del diagnóstico.
Nos tomaron fotos junto a la alberca, bajo la sombrilla, con los pies en el agua. En una, Camila levantó su credencial de Heroína de la Alberca. En otra, me abrazó por el cuello. En la última, se quitó los goggles y miró directo a la cámara, seria, fuerte, pequeña y enorme al mismo tiempo.
Cuando terminamos, vi a Renata desde lejos, cerca del lobby. Discutía con Mauricio. Ya no llevaba el sombrero caro. Ya no parecía una reina de hotel. Parecía una persona que había descubierto demasiado tarde que la arrogancia se ve ridícula cuando se queda sin público.
No sentí alegría por su vergüenza.
Tampoco lástima.
Solo sentí distancia.
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