El multimillonario fingió estar dormido para poner a prueba a su nueva empleada doméstica… pero lo que ella hizo lo dejó completamente sin palabras.

El multimillonario fingió estar dormido para poner a prueba a su nueva empleada doméstica… pero lo que ella hizo lo dejó completamente sin palabras.

PARTE 1

—Si toca esa puerta, no solo pierde el trabajo… pierde la paz.

Eso fue lo primero que le dijo la señora Robles a Inés Morales cuando la recibió en la mansión Santillán, en Lomas de Chapultepec. No le preguntó si había desayunado, no le ofreció agua, ni siquiera le sonrió. Solo señaló el final del pasillo del segundo piso, donde una puerta blanca permanecía cerrada con llave y con una cinta amarillenta en la manija, como si ahí dentro no hubiera un cuarto, sino una herida.

Inés apretó la bolsa donde llevaba sus papeles.

—Vengo por el puesto de limpieza —dijo con voz firme—. Me mandó la agencia.

—Ya lo sé. También sé que las últimas nueve empleadas renunciaron antes de cumplir el mes.

La mansión era enorme, fría, demasiado perfecta. Los pisos brillaban como espejo, las flores estaban frescas aunque nadie las miraba, y en la cocina había más silencio que en una iglesia vacía. Inés necesitaba ese empleo. Su abuela Rosario estaba enferma del corazón, las medicinas costaban más que la renta, y ella había dejado la escuela de enfermería para cuidarla.

—Aquí hay reglas —continuó la señora Robles—. No se hacen preguntas. No se toca el escritorio del señor Santillán. No se entra a su despacho sin permiso. Y esa puerta del segundo piso jamás se abre.

—¿Qué hay ahí?

La señora Robles la miró como si acabara de escupir sobre una tumba.

—Eso fue una pregunta.

Inés bajó la vista.

Alejandro Santillán llegó al mediodía. Todos en la casa se tensaron antes de verlo, como si el aire lo anunciara. Era dueño de constructoras, hoteles y media docena de edificios en Santa Fe, pero caminaba como un hombre que no vivía en ninguno. Traje oscuro, rostro impecable, ojos apagados.

—¿Ella es la nueva? —preguntó sin detenerse.

—Sí, señor —respondió la señora Robles—. Inés Morales.

Alejandro la miró apenas un segundo.

—Todas dicen que necesitan el trabajo. Todas terminan hurgando donde no deben.

—Yo solo vine a trabajar —contestó Inés.

Él soltó una risa seca.

—Eso dicen al principio.

El primer día fue una prueba sin nombre. Inés limpió salones que parecían de museo, cambió sábanas en recámaras donde nadie dormía y recogió platos casi intactos. El señor Santillán no desayunaba, no comía, no contestaba llamadas familiares y bebía café frío como si le diera igual el sabor.

Por la tarde, mientras limpiaba la biblioteca, Inés encontró un conejito de madera debajo de un sillón. Era pequeño, blanco, con una oreja rota y un listón rosa descolorido. Lo levantó con cuidado para ponerlo sobre la mesa.

—¡Suéltelo!

La voz de Alejandro la golpeó antes que su mirada.

Él apareció en la puerta, pálido de furia. Cruzó la biblioteca, le arrebató el conejo y lo apretó contra el pecho con una desesperación que no combinaba con su traje caro.

—No estaba robando —dijo Inés, herida.

—No le pedí explicaciones.

—Estaba tirado.

—Hay cosas que no se levantan.

La señora Robles apareció detrás de él, nerviosa.

—Señor, ella no sabía…

—Que se vaya —ordenó Alejandro—. Ahora.

Inés se quitó el mandil con las manos temblorosas, pero no lloró. Al pasar junto a la puerta, escuchó que él murmuraba algo, casi sin voz.

—Era de mi hija.

Esa noche, al llegar a su departamento en Iztapalapa, Inés encontró a su abuela Rosario sentada junto al tanque de oxígeno.

—Volviste temprano.

—Creo que me corrieron.

—¿Por romper algo?

—Por tocar un juguete.

La abuela cerró los ojos, como si ese dato le hubiera acomodado una pieza vieja.

—La niña Santillán.

Inés se quedó helada.

—¿Tú sabes?

—Todos saben algo, pero nadie sabe todo. La esposa del señor murió en un accidente hace tres años, en la carretera a Toluca. También dijeron que murió la niña.

—¿Dijeron?

Rosario la miró con seriedad.

—En México, mija, cuando una familia tiene tanto dinero, hasta la muerte puede firmarse con pluma prestada.

Al día siguiente, Inés regresó a la mansión.

La señora Robles abrió la puerta y se quedó inmóvil.

—Pensé que no volverías.

—Tengo horario.

—También tienes instinto de supervivencia, espero.

Inés entró sin responder.

Alejandro la vio desde la escalera. No dijo nada. Solo sostuvo el conejito roto en la mano, como si no hubiera dormido en toda la noche.

Y cuando Inés pasó frente a la puerta cerrada del segundo piso, escuchó algo detrás de la madera.

Un golpecito.

Luego otro.

Y después una voz infantil, apenas un susurro, dijo:

—Papá…

PARTE 2

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