Arturo del Río nos recibió en el comedor privado de la hacienda, debajo de un candelabro que parecía pesar más que una casa completa.
Ya no sonreía.
Graciela estaba a su lado, tiesa como estatua. Camila se sentó frente a mí, con los ojos rojos y la boca apretada. Aún llevaba el anillo de compromiso colgado en una cadena, como si eso pudiera dar lástima.
Mi padre entró detrás de mí con su traje gris de siempre.
Arturo soltó una risa amarga.
—¿Sigues vestido como chofer, Ramón?
Nadie respondió.
La licenciada Natalia Robles colocó una carpeta gruesa sobre la mesa. Junto a ella estaban dos abogados del banco, un auditor externo y un investigador privado.
Arturo miró a todos, confundido por primera vez.
—¿Qué circo es este?
Yo empujé la carpeta hacia él.
—No es un circo. Es tu contabilidad.
Su rostro cambió.
—Tú no sabes nada de eso.
—Soy contador forense —dije—. No reviso seguros aburridos, como le contaste a tus amigos. Rastreo fraudes, empresas fantasma y transferencias ilegales para litigios financieros.
Camila abrió la boca, pero no dijo nada.
—Tu constructora infló el valor de cinco terrenos en San Luis Potosí y Guanajuato —continué—. Ocultó deudas con proveedores usando tres sociedades creadas por tu cuñado. Y parte del dinero de inversionistas terminó pagando esta boda.
Graciela se llevó una mano al pecho.
—Eso es mentira.
Natalia abrió otra carpeta.
—También tenemos facturas falsas, declaraciones fiscales alteradas y transferencias a cuentas personales de la señora Graciela.
Arturo golpeó la mesa.
—¡Esto es extorsión!
—No —dijo Natalia—. Es una notificación formal. El banco cancela cualquier negociación de rescate y enviará el expediente a las autoridades correspondientes. Don Ramón se recusó de la decisión. Todo fue revisado por consejeros independientes.
Mi padre seguía en silencio.
Eso fue lo que más desesperó a Arturo.
—Ramón, piénsalo bien —dijo, bajando la voz—. Somos familia. Alejandro se casa con Camila, fusionamos intereses y todos ganamos.
Mi padre lo miró con una tristeza tranquila.
—Me llamaste basura cuando pensaste que no tenía nada. Ahora me llamas familia porque sabes lo que tengo.
Hizo una pausa.
—Eso no es respeto, Arturo. Es una factura.
Camila lloró entonces, pero sus lágrimas ya no me tocaban.
—Alejandro, por favor. Nos equivocamos.
—No se equivocaron —respondí—. Apostaron mal.
Ella se levantó y me tomó la mano.
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