PARTE 1
—Qué triste verte sola todavía, Sofía. Hasta tu exesposo supo hacer algo bien cuando te dejó.
La voz de Daniela atravesó el vestíbulo del Hospital General de la Ciudad de México como una copa rompiéndose en pleno brindis. No lo dijo en privado. No bajó la mirada. No fingió delicadeza. Lo soltó frente a médicos, enfermeras, pacientes esperando turno y una familia entera que, por años, había aprendido a guardar silencio cuando ella decidía humillar a alguien.
Sofía Andrade, de treinta y cinco años, estaba de pie junto al módulo de informes, con su bata blanca doblada sobre un brazo y el gafete de directora de enfermería colgando del cuello. Acababa de terminar una guardia de dieciséis horas. Tenía ojeras, el cabello recogido con prisa y esa calma filosa de quien ha visto demasiadas tragedias para quebrarse por un insulto.
Detrás de Daniela estaban sus padres, don Ernesto y doña Rebeca, impecables, serios, mudos. A un lado, con una carriola gris, estaba Renata, la mujer que antes había sido la mejor amiga de Sofía.
Dentro de la carriola dormía un bebé.
Daniela sonrió con una crueldad cubierta de maquillaje caro.
—Mira nada más —continuó—. Tú sigues aquí, oliendo a hospital, mientras Alejandro ya tiene un hijo con una mujer de verdad. Con Renata. La vida sí pone a cada quien en su lugar.
Doña Rebeca apretó los labios, pero no habló. Don Ernesto miró el piso. Renata acarició la cobijita del bebé con una ternura ensayada.
Sofía no lloró.
Solo ladeó un poco la cabeza y preguntó:
—¿Eso fue lo que ella les contó?
Daniela soltó una carcajada seca.
—Ay, por favor. No empieces con tus teorías. Siempre fuiste igual: fría, obsesionada con el trabajo, incapaz de aceptar que un hombre se cansó de ti.
Durante trece meses, esa había sido la versión oficial en la familia Andrade. Sofía era la hija difícil. La que no sabía amar. La que prefería salvar desconocidos antes que cuidar su matrimonio. La que empujó a Alejandro hacia otra mujer por no ser suficientemente dulce.
Y Daniela, por supuesto, era la hija perfecta.
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