omó su bolso, subió al coche y se marchó.
Al día siguiente, el abogado confirmó que, sin un consentimiento verificado por un notario, la transacción podía anularse.
Unos días después, descubrieron que el comprador no era un desconocido, sino el esposo de una amiga cercana de Svetlana.
La venta era un fraude. Se había organizado únicamente para despojar a Nina de su parte.
La demanda se presentó de inmediato. Cuando Svetlana se enteró, llamó furiosa: —¡Estás destruyendo a la familia! —No —respondió Nina con calma—. Estoy defendiendo mi derecho.
Unos meses más tarde, el tribunal dictó su sentencia.
La venta fue declarada nula. La casa de campo volvió a ser propiedad conjunta de Nina y Kostas. La suegra fue obligada a devolver todo el dinero al comprador.
Por primera vez en años, Kostas estuvo al lado de su esposa en la sala del tribunal.
Más tarde, regresaron los dos solos a la casa de campo. Se sentaron en silencio en el porche. Después de mucho tiempo, Kostas dijo en voz baja:
—Hice mal. Debería haberte defendido desde el primer momento.
Nina lo miró. —Lo sé. —¿Me perdonas?
Nina guardó silencio por un momento, mirando el jardín, el manzano que habían plantado juntos y la vieja valla que necesitaba reparación. —Aún no lo sé —respondió con honestidad—. Pero, por ahora, sigo aquí.
Kostas asintió. Por primera vez en muchos años, comprendió que la confianza no se recibe como un regalo; hay que ganársela.
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