“La estaba observando y noté una abertura en su hábito. Parece que tiene un tatuaje en la espalda. No estoy seguro”, respondió, visiblemente perturbado.
Fonseca, con la serenidad de quien ha ocupado ese cargo durante muchos años, se cruzó de brazos y reflexionó: “¿Es solo tu imaginación, o tal vez sea un tatuaje?”, dijo, haciendo una breve pausa antes de concluir.
No todos inician su camino de fe desde jóvenes. A veces, vivimos inmersos en el mundo, marcados por él, y solo más tarde nos consagramos a la vida religiosa. Puede ser un recuerdo del pasado. No hay nada extraño en ello.
Amilo respiró hondo, miró a su colega y le preguntó algo que quizás había estado guardando para sí mismo desde el comienzo de esa gira.
Y durante todos estos años aquí, ¿alguna vez tuviste la oportunidad de realizar una autopsia o trabajar en la morgue? Foseca, que ya llevaba más de una década trabajando en esa morgue, arqueó las cejas. Para ser honesto, soñaba con ello.
Me sorprendió que el jefe de policía enviara el cuerpo aquí. Ya sabes, cuando se realiza una autopsia, es porque hay sospecha de un delito, y el asesinato es una forma de encubrirlo. Esto me pareció casi absurdo.
—¿Surrealista o no? —preguntó Camilo, poniéndose aún más serio—. Nos da miedo, y confieso que este tatuaje todavía me irrita.
Foseca asintió. Parecía comprender la incomodidad de su colega. Luego, comenzó a prepararse para el procedimiento.
Pero antes de que pudiera comenzar la autopsia, un viento helado irrumpió repetidamente en la habitación, provocando que la ventana se abriera de golpe.
Los papeles sobre la mesa volaron, los instrumentos hicieron tictac. Camilo se estremeció. Su cuerpo reaccionó con un escalofrío repetido. Inmediatamente se volvió hacia el cuerpo en la camilla y, con un nudo en la garganta, preguntó:
“¿De verdad cree que deberíamos hacer esto, doctor?”
—¿Tocar a una monja, a alguien sagrado? —Fóseca no respondió de inmediato, solo dejó escapar un largo suspiro. Su mirada estaba fija en el cuerpo de la monja, y sintió el mismo escalofrío.
Algo había cambiado en el ambiente. Por eso habló con firmeza: “Este es nuestro trabajo, Camilo”.
Sea quien sea, necesitamos encontrar respuestas. Necesitamos saber la causa de la muerte. Hizo una pausa y concluyó.
A veces la vida nos presenta cosas que parecen erróneas, pero que son necesarias.
El joven médico, aún indeciso, asintió. Ambos respiraron hondo. El veterano tomó entonces la iniciativa. «Hablemos. ¿Dónde dijiste que viste algo?»
—En la espalda —respondió Camilo—. A través de la abertura del hábito. Hay algo ahí. Eso parece. —Fóseca se acercó a la camilla y la examinó con atención—. Déjame ver. —Al acercarse, se inclinó sobre el cuerpo.
De hecho, el hábito negro tenía un pequeño desgarro, y a través de él se podía ver un trozo de piel y algo extraño en su interior.
Una mancha oscura, pequeña pero visible. El médico forense examinó a Camilo. Intercambiaron una breve mirada de confirmación. Eso bastó.
—Ayúdenme a darle la vuelta —suplicó Foseca. Con cuidado y respeto, los dos médicos colocaron el cuerpo de la monja boca abajo sobre la fría camilla.
Antes de empezar, Foseca cerró los ojos, respiró hondo y murmuró una oración. Le pidió perdón a Dios, porque, aunque era su trabajo, tocar algo sagrado de esa manera le producía una punzada en el pecho.
—Pásame unas tijeras —pidió. Camilo le entregó el instrumento, y Foseca comenzó a cortar con cuidado la parte trasera del hábito, pero bastaron unos pocos centímetros para que sus ojos se abrieran de par en par.
Lo que vio allí no era un simple tatuaje, sino una inscripción, algo escrito. «¿Será cierto?», murmuró Foseca, entre la sorpresa y la curiosidad. «Le pregunté: “¿Hay algo ahí, algo escrito?”», exclamó Camilo, acercándose aún más
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