La anciana no estaba perdiendo el apetito.
La estaban dejando con hambre.
Desde ese día, Mariana empezó a observar con más atención. Vio que Camila guardaba las medicinas en una caja con llave. Vio que, además de las pastillas normales, a veces le daba a doña Consuelo unas gotas transparentes en un vaso de agua.
—Son para que descanse —decía Camila.
Pero después de tomarlas, la señora quedaba dormida por horas, con la boca entreabierta y la mirada perdida.
También vio moretones en sus brazos. Camila decía que la señora se golpeaba sola. Vio sábanas húmedas escondidas en bolsas de plástico. Vio cartas sin abrir tiradas en la basura, cartas dirigidas a doña Consuelo por una hermana que vivía en Puebla. Vio cómo Camila desconectaba el teléfono de la habitación y cancelaba las visitas de una fisioterapeuta.
Poco a poco, Camila estaba borrando a doña Consuelo de la casa.
Un martes, Mariana se atrevió a pelar una guayaba y llevarle unos trozos en un plato pequeño. Doña Consuelo la miró como si le hubieran dado oro.
—Gracias, hija —susurró, con la voz quebrada.
Solo alcanzó a comer 2 pedacitos antes de que Camila apareciera en la puerta.
No gritó. No hizo escándalo. Solo tomó el plato, miró a Mariana de arriba abajo y dijo:
—En esta casa se obedecen mis instrucciones. Una empleada no decide qué come una señora enferma.
Mariana bajó la cabeza, pero por dentro algo se le encendió.
Esa noche, cuando Santiago llegó tarde, Camila volvió a actuar.
—Tu mamá estuvo tranquila. Durmió mucho. Pobrecita, cada día está más confundida.
Doña Consuelo, desde su sillón, intentó levantar una mano.
—Santi…
Camila le apretó el hombro con fuerza.
—No la canses, amor. Ya casi no sabe lo que dice.
Santiago ni siquiera se acercó.
Mariana sintió rabia. Una rabia silenciosa, pesada, que le subía desde el estómago.
Al día siguiente encontró un folleto en el despacho de Santiago: “Residencia Santa Aurelia. Atención especializada para demencia avanzada”. El nombre de doña Consuelo estaba escrito a mano en una esquina.
Mariana entendió el plan.
Camila quería hacer creer que la anciana estaba perdiendo la razón para encerrarla en un lugar donde nadie la escuchara.
Esa misma tarde, doña Consuelo la tomó de la muñeca con una fuerza inesperada.
—No me dejes sola con ella —susurró.
Mariana no pudo responder. Porque en ese instante, desde el pasillo, escuchó el sonido de una llave girando.
Camila acababa de cerrar la habitación de doña Consuelo por fuera.
Y Mariana comprendió que, si seguía callada, esa mujer no iba a llegar viva al final del mes.
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