PARTE 1
—Dígale al doctor cuántas semanas tiene ese bastardo antes de que firme la casa.
La voz de Rodrigo Mendoza rebotó en el consultorio como una cachetada.
Camila estaba recostada sobre la camilla, con una bata de papel azul cubriéndole apenas el cuerpo y las manos temblando sobre el vientre. No había dormido en 4 noches. Desde que Rodrigo salió de su casa en la colonia Del Valle con 2 maletas, las tarjetas bloqueadas y un mensaje frío que decía: “No pienso criar al hijo de otro”.
Pero ese martes no llegó solo a la clínica.
Entró con Valeria, su amante, una mujer de uñas rojas, vestido caro y sonrisa de triunfo. En una mano llevaba un café; en la otra, Rodrigo traía una carpeta negra.
—Firma y terminamos esto —dijo él, aventando la carpeta sobre la mesita metálica—. Renuncias a la casa, al coche y a cualquier reclamo sobre mis cuentas. No voy a mantener tu vergüenza.
Camila sintió que el aire se le quedaba atorado.
—Esa casa también la pagué yo.
Valeria soltó una risita.
—Ay, Camila, por favor. ¿Todavía quieres hacerte la víctima? Rodrigo se hizo la vasectomía hace 2 meses. Ese bebé no puede ser suyo.
Rodrigo la miró con desprecio.
—Me engañaste. Luego tuviste el cinismo de embarazarte. Y ahora quieres quedarte con mi patrimonio.
Camila quiso contestar, pero la puerta se abrió.
La doctora Mariana Robles, ginecóloga de voz firme y cabello recogido, entró con el expediente en la mano. Sus ojos recorrieron la escena: la carpeta, la pluma dorada que Valeria le ofrecía a Camila, el rostro pálido de la paciente.
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