Se inclinó sin apuro. Recogió primero el retrato de Gerardo. Luego la cobija. Luego los pañales. Lo hizo con una calma tan precisa que a las vecinas de la banqueta se les borró por un momento el gusto del chisme. Después cerró como pudo la maleta rota, acomodó al niño mejor contra el pecho, y bajó los escalones sin volver a mirar la casa.
—Dios la ve, doña Isaura —dijo nada más, sin alzar la voz.
Se inclinó sin apuro. Recogió primero el retrato de Gerardo. Luego la cobija. Luego los pañales. Lo hizo con una calma tan precisa que a las vecinas de la banqueta se les borró por un momento el gusto del chisme. Después cerró como pudo la maleta rota, acomodó al niño mejor contra el pecho, y bajó los escalones sin volver a mirar la casa.
—Dios la ve, doña Isaura —dijo nada más, sin alzar la voz.
La otra no respondió.
Rosario salió del pueblo esa misma tarde.
No le avisó a nadie porque no tenía a quién avisarle. Su padre había muerto cuando ella era niña. Su madre se había ido dos años antes, consumida por unas fiebres que la dejaron seca como hoja vieja. Hermanos no tenía. Primos, si existían, andaban tan lejos que eran casi una idea. Lo único parecido a familia viva era una dirección escrita en un pedazo de papel: la de una tía abuela llamada Generosa, hermana de su madre, que vivía en un pueblo a varios días de camino, tierra adentro, más allá de donde Rosario había ido en toda su vida.
Salió con lo puesto, una maleta medio vencida, un sombrero de palma, los botines gastados, un poco de harina de maíz, piloncillo, carne seca y un miedo tan grande que tuvo que aprender a caminar con él como quien carga un costal en la espalda.
Los primeros días del camino fueron una larga prueba de polvo, hambre y silencio.
Dormía donde podía: bajo el portal de una capilla abandonada, detrás de una bodega, una vez en un granero que le prestó un ranchero al verla con el niño. Comía poco y despacio, haciendo durar cada pedazo como si con eso pudiera engañar al tiempo. Benito mamaba todavía, y mientras a ella le quedara leche, el niño no se quedaría con el estómago vacío. Pero Rosario sabía la cuenta que su propio cuerpo estaba haciendo. Cada día de poca comida era menos leche mañana. Cada noche sin descanso era más debilidad al amanecer.
Aun así siguió.
No porque fuera valiente de ese modo bonito en que la gente cuenta después las historias. Siguió porque no detenerse era la única forma de no morirse de golpe.
Al octavo día llegó al pueblo de la tía Generosa.
La casa estaba cerrada.
Rosario se quedó mirando la puerta de madera con una fijeza rara, como si mirarla suficiente tiempo pudiera cambiar el resultado. Golpeó una vez. Nadie. Dos veces. Nada. Un vecino que barría la banqueta le dijo, sin quitarse el cigarro de la boca, que doña Generosa se había ido a la capital cinco meses antes, llevada por un sobrino. No sabía si volvería. La casa la revisaba de vez en cuando un compadre. No había nadie ahí.
Benito despertó justo en ese momento y empezó a llorar.
No era llanto de hambre. Era ese llanto descompuesto de los bebés cuando sienten que el mundo alrededor se torció y todavía no saben ponerle nombre.
Rosario no lloró. No pudo. Hay dolores que vacían a una persona por dentro antes de dejarla soltar una sola lágrima. Acomodó al niño, agarró la maleta y le dio la espalda a la casa.
Ahí, en esa banqueta ajena, pudo haberse rendido.
Pudo sentarse contra la pared y esperar a que alguien decidiera por ella. Pudo aceptar que la suerte ya había hablado. Pudo dejar que la desesperación le ganara un terreno que venía peleando día tras día.
Pero no se sentó.
Caminó dos días más.
El camino dejó de parecer camino y empezó a parecer una ocurrencia del monte. La tierra roja se angostó, la maleza creció a los lados, las ramas se juntaron arriba en algunos tramos formando túneles verdes que tapaban el sol y confundían la vista. Rosario iba perdiendo noción del rumbo, pero seguía poniendo un pie delante del otro con terquedad de animal herido. Le dolían las piernas. El brazo izquierdo, con Benito, le hormigueaba casi todo el tiempo. La comida se había terminado. En la cantimplora quedaba apenas un fondo de agua que ella racionaba en tragos cortos, mojándole antes los labios al niño con la punta de los dedos.
Fue al final de la tarde del segundo día, cuando la luz se puso espesa y dorada, que vio el portón.
Era de madera vieja, gris por el tiempo, con una tranca de hierro oxidada que no estaba cerrada, solo recargada. Detrás se abría un sendero de tierra cubierto a medias por hierba alta. El sendero subía hasta una casa baja de adobe con techo de teja, ventanas casi escondidas por la maleza y un porche angosto donde una banca envejecía en silencio. A los lados crecían árboles frutales olvidados, troncos gruesos, ramas cargadas, frutos sin cosechar. Todo el lugar tenía esa tristeza tranquila de las cosas que alguien quiso mucho y luego dejó atrás.
Rosario se quedó quieta frente al portón.
Había visto abandono antes. Lo reconocía. Pero en aquel rancho había algo más. Algo parecido a un espejo.
Ella también venía siendo dejada atrás por el mundo.
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