En la sociedad sureña de mediados del siglo XIX, las expectativas hacia las mujeres eran rígidas y poco compasivas. La historia de Eleanor Whitmore, una joven de 22 años de Virginia, ilustra de manera contundente cómo los prejuicios sobre la discapacidad, sumados a las estructuras sociales y raciales de la época, podían empujar a las personas hacia decisiones extremas. Su relato, ambientado en 1856, combina rechazo social, una propuesta paterna sorprendente y el descubrimiento de una conexión humana inesperada.
Una joven considerada «no apta» para el matrimonio
Eleanor había quedado sin movilidad en las piernas a los ocho años, tras un accidente ecuestre que afectó su columna. Desde entonces se desplazaba en una silla de ruedas de caoba mandada a fabricar por su padre, el coronel Richard Whitmore, dueño de una vasta plantación con miles de hectáreas y cientos de personas esclavizadas.
En cuatro años, su padre arregló doce posibles compromisos matrimoniales. Los doce hombres la rechazaron. Las razones que esgrimían no se referían tanto a su silla de ruedas como a lo que esta representaba dentro de la mentalidad de la época:
- La creencia de que no podría cumplir el rol social de esposa en eventos públicos.
- Rumores infundados sobre su supuesta infertilidad.
- La idea de que no podría administrar una casa ni criar hijos.
- El temor a cargar con una mujer percibida como «una carga».
El último rechazo, el de William Foster —un hombre mayor al que su padre había ofrecido un tercio de las ganancias anuales del patrimonio—, le confirmó a Eleanor lo que ya intuía: dentro de las reglas de su sociedad, su destino parecía sellado.
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