En la primavera de 1856, en la región costera de Carolina del Sur, una joven llamada Clara Hawthorne enfrentaba un destino que su sociedad ya había sentenciado. A sus veintidós años, había sido considerada por la alta sociedad como «no apta para el matrimonio». La razón no era su carácter ni su inteligencia, sino el hecho de que, desde los ocho años, sus piernas no respondían a causa de una caída de caballo que le fracturó la columna vertebral.
Índice
1. Doce rechazos y una sentencia social2. Una conversación decisiva con su padre3. El dilema moral4. El primer encuentro con Isaiah5. Una conexión inesperada a través de los libros6. El reconocimiento mutuo
A lo largo de cuatro años, doce pretendientes habían visitado la casa de los Hawthorne. Doce hombres habían mirado primero la silla de ruedas de caoba pulida que su padre, el coronel Edmund Hawthorne, había mandado fabricar, y luego habían inventado excusas para retirarse. Las palabras corteses ocultaban prejuicios crueles: que no podría caminar hasta el altar, que no podría perseguir a un niño por el jardín, que probablemente no podría tener hijos.
El rumor sobre su supuesta infertilidad había cobrado vida propia tras la indiscreción de un médico en una cena. Las mujeres de la alta sociedad murmuraban sobre su cuerpo como si fuera un reloj descompuesto. Clara aprendió a sonreír, a mantener la cabeza en alto y a fingir que el desprecio no le quemaba la piel.
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