Parte 1
—Ese es el hombre con el que me voy a casar —dijo Renata, señalando la foto del esposo de Ana Lucía.
Ana Lucía no gritó.
No tiró el café.
No se desmayó frente a todos.
Solo se quedó mirando aquel portarretratos dorado sobre el escritorio de su nueva compañera, mientras el ruido de la oficina seguía vivo alrededor: teclados, llamadas, tacones sobre el piso brillante, la cafetera escupiendo vapor y empleados fingiendo que un lunes en Santa Fe no les pesaba en el alma.
Era su primer día en Grupo Montalvo, una agencia de marketing digital con vista a media Ciudad de México. Había llegado temprano, con blusa blanca, pantalón beige, el cabello perfectamente peinado y una ilusión tranquila después de meses buscando una oportunidad mejor.
Su gafete aún olía a plástico nuevo cuando Renata Solís, la coordinadora de cuentas, se ofreció a enseñarle el piso.
—Aquí está diseño, allá está legal, y este es mi lugar —dijo Renata con una sonrisa amplia.
Entonces Ana Lucía vio la foto.
Un hombre de camisa azul marino sonreía en una terraza, con el mar detrás. Tenía la barba recortada, los ojos entrecerrados por el sol y esa expresión segura que ella conocía demasiado bien.
Era Diego.
Diego Ramírez.
Su esposo desde hacía 7 años.
El hombre que la noche anterior le había servido té de manzanilla, le había besado la frente y le había dicho:
—Te va a ir increíble, mi amor. Esa empresa no sabe la suerte que tuvo al contratarte.
Ana Lucía recordó haberle sonreído con gratitud.
Recordó haber pensado que, al menos en casa, tenía un lugar seguro.
Ahora entendía que quizá ni eso era suyo.
Renata tomó el portarretratos con ternura.
—Se llama Diego. Bueno, tú todavía no lo conoces, pero ya lo vas a conocer. Nos comprometimos hace 3 semanas.
Ana Lucía sintió que algo se le rompía por dentro, pero su rostro no cambió.
—Qué bonito —dijo.
Su voz salió tan normal que hasta ella misma se sorprendió.
Renata levantó la mano para mostrarle el anillo.
Era delicado, con una piedra brillante al centro.
—Llevamos 3 años juntos. Ha sido una locura, porque viaja mucho por negocios, pero dice que conmigo encontró paz.
3 años.
Ana Lucía bajó apenas la mirada.
Los viajes a Monterrey.
Los congresos en Guadalajara.
Las cenas con clientes.
Los fines de semana donde Diego decía que no había señal en la sierra.
Todo comenzó a ordenarse de otra manera.
Renata siguió hablando, feliz, confiada, sin imaginar que estaba clavándole una verdad en el pecho a la mujer equivocada.
—Esta foto me encanta. Me dijo que la tomó un amigo suyo en Cancún.
Ana Lucía miró mejor.
No era Cancún.
Era Puerto Escondido.
Y no la había tomado ningún amigo.
La había tomado ella.
Fue en su aniversario número 5, después de una discusión que Diego había arreglado llevándola al mar. Él había reído justo antes de la foto porque ella le había dicho que parecía modelo de catálogo de tienda cara.
Diego no solo había traicionado su matrimonio.
Había usado un recuerdo de ese matrimonio para construir otra mentira.
—Se ve muy feliz —dijo Ana Lucía.
—Lo es —respondió Renata—. Dice que soy lo mejor que le ha pasado.
Ana Lucía asintió.
En ese instante entendió algo que la salvó de cometer una locura: Renata no hablaba como una amante cínica. Hablaba como una mujer enamorada que también había sido engañada.
No era su enemiga.
Era otra víctima sentada frente a un escritorio con flores, planes de boda y una foto robada.
Ana Lucía pasó el resto del recorrido escuchando sin escuchar. Saludó a compañeros, recibió claves de acceso, firmó documentos y sonrió cuando le presentaron al director de área.
Pero por dentro, cada palabra de Renata golpeaba como una piedra.
—Diego quiere boda en hacienda, pero yo prefiero algo en Polanco.
—Diego dice que mi mamá le cae increíble.
—Diego ya está viendo departamentos para cuando nos casemos.
Departamentos.
Ana Lucía casi se rió.
Ella y Diego todavía estaban pagando juntos el crédito del departamento en la Narvarte.
A mediodía, Renata la invitó a comer con el equipo en una fonda elegante de la zona. Entre chilaquiles verdes y agua de jamaica, habló de vestidos, invitados y luna de miel.
—Quiere llevarme a Oaxaca —dijo—. Dice que ahí entendió que quería casarse conmigo.
Ana Lucía recordó el mensaje de Diego 6 meses atrás:
“Amor, me quedo otro día en Oaxaca. El cliente cambió la junta.”
Ese día ella había cenado sola sopa instantánea, pensando que él trabajaba demasiado por los dos.
Cuando terminó la jornada, Ana Lucía bajó al estacionamiento con las piernas temblando. Se subió a su coche, cerró la puerta y por fin dejó de fingir.
Pero no lloró.
Sacó el celular, abrió una nota nueva y escribió:
Diego.
Renata.
3 años.
Foto de Puerto Escondido.
Anillo.
Boda.
Luego respiró hondo.
Esa noche, Diego llegó con pan dulce y una sonrisa perfecta.
—¿Cómo le fue a la licenciada en su primer día?
Ana Lucía lo miró desde la cocina.
El mismo rostro.
Leave a Comment