Continuará…
Aquella noche no dormí.
Ni un minuto.
Mientras la lluvia golpeaba los ventanales de mi despacho en Santa Fe, serví una copa de vino tinto, me senté frente a la caja fuerte abierta y observé durante varios minutos el sobre amarillo que el investigador privado me había entregado hacía cuatro meses.
Cuatro meses.
Exactamente el tiempo que Alejandro llevaba asegurándome que sus constantes viajes a Monterrey eran por negocios.
Cuatro meses durante los cuales Patricia me llamaba exageradamente cariñosa.
—Mi niña…
—Mi Mariana…
—La esposa perfecta de mi hijo…
Hipócritas.
Todos.
Tomé el primer USB.
Lo conecté a la computadora.
Aparecieron más de doscientas fotografías.
Alejandro entrando a un departamento en Polanco.
Alejandro besando a Camila Rivero en el estacionamiento subterráneo de un restaurante.
Alejandro comprándole un anillo Cartier.
Alejandro abrazando a Patricia.
Y Camila.
Los tres cenando juntos.
Como una familia.
La fecha de la fotografía hizo que mi pecho se endureciera.
Era el día de nuestro quinto aniversario de bodas.
La noche en que Alejandro me llamó desde Guadalajara.
—Amor, estoy atrapado en una reunión.
Te compensaré.
No llegó a casa.
No contestó mensajes.
Yo cené sola.
Esperándolo.
Con un pastel que terminé tirando a la basura a las dos de la madrugada.
Abrí el sobre sellado.
Dentro había estados financieros.
Contratos.
Transferencias.
Facturas.
Y algo mucho peor.
Camila recibía un depósito mensual.
Doscientos mil pesos.
Durante casi un año.
Dinero proveniente de una cuenta corporativa.
Una empresa que Alejandro creía completamente suya.
Sonreí.
Pobre idiota.
Porque legalmente aquella empresa nunca había sido completamente suya.
Era mía.
Mi abuelo me enseñó desde pequeña algo muy importante.
Nunca entregues poder absoluto a alguien que solo conoce el valor del dinero.
Cuando me casé con Alejandro acepté aparentar ser una mujer sencilla.
La esposa dedicada.
La diseñadora independiente.
La mujer enamorada.
Lo hice porque deseaba casarme con alguien que me amara.
No con alguien enamorado de mi apellido.
Mi familia poseía el cincuenta y uno por ciento del Grupo Villaseñor.
Alejandro administraba una filial.
Nada más.
Nunca fue dueño.
Solo director ejecutivo.
Y el acuerdo prenupcial era brutal.
En caso de adulterio comprobado.
Despido inmediato.
Pérdida de bonos.
Cancelación de acciones restringidas.
Anulación de beneficios.
Y renuncia automática al fideicomiso matrimonial.
Alejandro jamás leyó una sola línea.
Firmó riéndose.
—Jamás te engañaría.
No necesito abogados para demostrar que te amo.
Mentiroso.
A las ocho de la mañana sonó mi teléfono.
Era Gabriela.
—¿Lista?
—Más que nunca.
—La junta extraordinaria será mañana.
—Perfecto.
—¿Quieres que él se entere antes?
Miré la pantalla.
Doce llamadas perdidas.
Veintitrés mensajes.
Cuatro audios.
—No.
Quiero que se entere delante de todos.
Al día siguiente Alejandro apareció en nuestra casa.
Tenía ojeras.
La corbata torcida.
La camisa arrugada.
Parecía un hombre perseguido.
Yo desayunaba tranquilamente en la terraza.
—Mariana.
No respondí.
—Necesitamos hablar.
—No.
—Por favor.
—No.
—No pasó lo que piensas.
—¿Qué debo pensar?
—Camila es una amiga.
Me reí.
Por primera vez en años.
Una carcajada sincera.
—¿Una amiga que duerme contigo?
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Saqué una fotografía.
La coloqué sobre la mesa.
Luego otra.
Y otra.
Su rostro perdió el color.
—¿Me mandaste seguir?
—No.
Contraté profesionales.
Hay una diferencia.
Alejandro comenzó a llorar.
Llorar.
El hombre que me llamó exagerada durante años.
El hombre que permitió que su madre me humillara delante de doscientas personas.
—Te amo.
Cometí un error.
—No.
Cometiste cientos.
Solo que ayer finalmente decidiste exhibirlos.
—Mi mamá insistió.
—¿Tu mamá te obligó a acostarte con Camila?
Silencio.
—¿Tu mamá te obligó a comprarle joyas?
Silencio.
—¿Tu mamá te obligó a mentir durante un año?
Silencio.
—Entonces deja de esconderte detrás de Patricia.
Alejandro cayó de rodillas.
—No me destruyas.
Lo observé.
Fríamente.
—Yo tampoco quería ser destruida.
Y sin embargo me llevaste a una boda para sentar a tu amante junto a mi lugar.
¿Sabes qué fue lo peor?
No fue Camila.
No fue Patricia.
Fue descubrir que toda tu familia sonrió mientras me humillaban.
Alejandro bajó la mirada.
—Perdóname.
—Ya no eres importante para mí.
Y me levanté.
—Nos vemos en la junta.
—¿Qué junta?
Sonreí.
—La que decidirá tu futuro.
Al día siguiente.
Piso cuarenta.
Torre Villaseñor.
Ciudad de México.
Todos estaban presentes.
Consejeros.
Socios.
Inversionistas.
Patricia llegó tomada del brazo de Camila.
Incluso se burló.
—Mariana, querida.
Pensé que seguirías escondida.
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