Para muchas personas, morderse las uñas es algo cotidiano. Se hace mirando televisión, estudiando, trabajando o incluso sin darse cuenta. Es un gesto que suele minimizarse y etiquetarse como “manía” o “costumbre nerviosa”. Sin embargo, cuando esta conducta se vuelve repetitiva, intensa y difícil de frenar, ya no se trata únicamente de un hábito pasajero. En el ámbito médico recibe un nombre específico: onicofagia.
La onicofagia es el acto de comerse las uñas de manera reiterada y, en muchos casos, compulsiva. No siempre está vinculada al aburrimiento, como suele creerse. Diversos especialistas la incluyen dentro de las llamadas conductas repetitivas centradas en el cuerpo, un grupo de comportamientos que también abarca morderse la piel o tirarse del cabello. Estas acciones suelen aparecer como una forma de manejar estados emocionales que generan tensión.
Existe una relación clara entre onicofagia, ansiedad y estrés. Muchas personas reconocen que se muerden las uñas cuando atraviesan momentos de nerviosismo, presión o preocupación sostenida. En esos instantes, el acto de morder produce una sensación breve de alivio. Funciona como una especie de descarga emocional inmediata. El problema es que ese alivio es transitorio. Al repetirse, el comportamiento se refuerza y puede transformarse en una respuesta automática frente a cualquier situación que genere malestar interno.

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