Techos arrancados.
La carretera principal había desaparecido bajo montones de nieve.
Valdemora parecía un pueblo abandonado.
Pero la gente estaba viva.
Gracias a un refugio que meses atrás había sido motivo de burla.
Semanas después, cuando finalmente llegaron equipos de rescate de la ciudad, el pueblo todavía hablaba de una sola cosa.
El refugio de Elena.
Los ingenieros que inspeccionaron la zona quedaron impresionados.
—Está increíblemente bien construido —dijo uno de ellos—. Podría resistir tormentas mucho peores.
Don Ramiro escuchó eso y miró a Elena.
—¿Sabes algo?
—¿Qué?
—Creo que el pueblo te debe algo más que una disculpa.
La primavera llegó lentamente ese año.
Y con ella, algo cambió en Valdemora.
Donde antes estaba el cobertizo del jardín de Elena, ahora había un pequeño cartel de madera.
Decía:
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